La pacificación de la existencia. Marcuse y su propuesta de superación de la sociedad represiva

  • Carlos Alberto Osorio Calvo Universidad del Valle, Cali, Colombia

Resumen

En el presente trabajo se hace una exposición del papel que juega, dentro de la propuesta de análisis de la sociedad que hace el filósofo Herbert Marcuse, la idea de represión sobrante o sobre represión en las sociedades contemporáneas. Para esta exposición se tomarán como referencias básicas los análisis aportados por dos obras del autor: Eros y Civilización y Un Ensayo Sobre la Liberación. Aunque estas serán las obras base en las que se rastrearán los argumentos que aporta el autor frente al tema, en algunos momentos se acudirá a otros textos de Marcuse en los que se confirman sus planteamientos y se tomarán algunos análisis realizados por estudiosos de su pensamiento.

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Biografía del Autor

Carlos Alberto Osorio Calvo, Universidad del Valle, Cali, Colombia

Filósofo, Magister en Sociología. Profesor Universidad Santiago de Cali. Profesor Universidad del Valle. E-mail: carlos.osorio05@usc.edu.co

Citas

Hoequard, G. (1973) Marcuse y el Freudomarxismo. México: Roca.

Jiménez, J. (1983) La estética como utopía antropológica: Bloch y Marcuse. Madrid: Tecnos.

Marcuse, H. (1968) El hombre unidimensional. México: Joaquín Mortiz.

Marcuse, H. (1969a) Un ensayo sobre la liberación. México: Joaquín Mortiz.

Marcuse (b), H. (1969b) Eros y civilización. Barcelona: Seix Barral.

Schmitt, C. (1932) El concepto de lo político. Madrid: Alianza.

Taberner, J. (1985) Marcuse, Froom, Reich, el Freudomarxismo. Madrid: Cincel.

Touraine, A. (2000) ¿Podremos vivir juntos? Iguales y diferentes. México. FCE.
Publicado
2018-01-26
Como citar
OSORIO CALVO, Carlos Alberto. La pacificación de la existencia. Marcuse y su propuesta de superación de la sociedad represiva. Praxis Filosófica, [S.l.], n. 45, p. 85 - 106, ene. 2018. ISSN 2389-9387. Disponible en: <http://praxis.univalle.edu.co/index.php/praxis/article/view/6055>. Fecha de acceso: 16 feb. 2019 doi: https://doi.org/10.25100/pfilosofica.v0i45.6055.

Palabras clave

Represión, Sobre represión, Civilización, Liberación, Política

Introducción

Si bien en este trabajo no se pretende forzar las tesis de Marcuse intentando que den cuenta del momento político por el que se está atravesando en el ámbito mundial o nacional, es ineludible la alusión a las crisis por las que está atravesando la sociedad contemporánea en el tránsito que va de la modernidad, a la experiencia que ha sido denominada por autores como el francés Alain Touraine (2000) la desmodernización. Se es consciente de que los análisis propuestos por Marcuse refieren ideas se dieron en un contexto particular y en respuesta a algunos factores coyunturales. Se verifica sin embargo que más allá de los movimientos políticos y sociales que suscitaron los planteamientos de este autor y que acompañaron su emergencia, su vigencia radica en un juicioso análisis de factores estructurales que han determinado el curso que ha tomado la historia de la civilización contemporánea. Es a este análisis al que se desea hacer una aproximación.

Para el acercamiento a las tesis de Marcuse que acompañan la idea abordada en este trabajo, se hace una primera presentación de lo que el autor entiende como exceso de represión o represión sobrante y de la manera como tal idea se hace manifiesta en la caracterización que consigue él de la civilización. Interesa mostrar el papel que esta idea cumple dentro de la propuesta de tránsito a una sociedad libre. Se usarán a lo largo del trabajo de manera indistinta las dos formas de denominar el mismo concepto (represión sobrante o sobre-represión). El autor hace un uso similar de estas. El concepto y la manera de denominarlo son tomados del vocabulario usado por Marcuse en sus obras.

Metodología

El trabajo que se presenta se deriva de la revisión documental de las tesis de Marcuse en torno al concepto de represión. Se revisan las ideas sobre el mismo presentadas en tres de sus principales obras. Su revisión del concepto derivada de sus análisis de la obra de Freud se contrasta con las miradas hechas sobre el mismo por otros autores. Se hace también la aproximación a la idea de sobre represión que es introducida por Marcuse como recurso de conciliación entre los postulados freudianos y la posibilidad de una sociedad libre, desde la liberación de los individuos y sus conciencias, que es la aspiración de la construcción filosófica de Marcuse.

Resultados

Marcuse inscribe sus planteamientos en el marco de una propuesta de libertad de la sociedad. Esta demanda la superación del control que las fuerzas políticas y económicas ejercen sobre los individuos a través de mecanismos de explotación de los seres humanos y de manipulación de la conciencia; también del condicionamiento que la necesidad (reino de la necesidad en la denominación freudiana) ejerce sobre las fuerzas y relaciones que el ser humano despliega en su inserción en la civilización. El instrumento metodológico del que se valdrá el autor consiste en hacer con los postulados del marxismo y del psicoanálisis una crítica radical de la sociedad industrial avanzada para plantear el esbozo de modelo de una sociedad futura.

Propone una sociedad desde algunos de los trazados del socialismo. Sin embargo plantea que esta sea cualitativamente diferente a las existentes y a los llamados socialismos reales. Su crítica de la sociedad abarca tanto a los regímenes capitalistas como a los socialistas presentes en su época. Para la construcción de dicha sociedad reconoce la necesidad de un camino revolucionario que sea capaz de alcanzar la solidaridad de los seres humanos, por encima de los requerimientos y condicionamientos de la productividad y del mercado. Condición de posibilidad para tal transformación es la superación de la pobreza. “Construir una cultura capaz de cumplir las promesas humanistas traicionadas por la vieja cultura” (Marcuse, 1969b; p. 17).

Dentro de esta sociedad libre se operaría una transformación sustancial de la lógica de la productividad y de la aplicación de los avances logrados por la técnica. Ésta se encaminaría hacia una intervención artística configuradora de la realidad. Los hombres desarrollarían una sensibilidad fruto de estos cambios en la cual la vergüenza y el sentimiento de culpa desaparecerían y con ellas los factores represivos interiorizados que reproducen la servidumbre. El individuo, como feliz consecuencia de este tránsito a una sociedad libre, podrá decidir sus necesidades y satisfacciones sin ser condicionado por la lógica del consumo y sin ser reprimido de acuerdo a los intereses de la productividad requerida para la acumulación y la dominación.

La conciencia de la dominación y la liberación de la conciencia

La argumentación de Marcuse sigue los planteamientos realizados por Freud en “El Malestar en la Cultura”. Marcuse se propone tomar la teoría de Freud y aplicarla a un diagnóstico de la civilización, para construir un itinerario argumentativo que demuestre que la desgracia que dejan en el hombre las secuelas de la represión es consecuencia de la civilización. La civilización es fruto de la represión gracias al choque entre el principio de placer, por el que se evita el dolor y se elige el placer, y el medio natural en el que se desarrolla la civilización y que Freud llamará principio de la realidad. En este choque se impondrá el principio de la realidad consiguiendo que el individuo difiera el goce del placer en función de los fines de la sociedad y de la disciplina necesaria para estos.

La felicidad es para Freud la total satisfacción de los instintos. Pero la civilización es antagónica con tal felicidad. Ella opera una modificación represiva (sublimación) de la felicidad que está caracterizada por el paso de “la satisfacción inmediata a la satisfacción retardada, del placer a la restricción del placer, del gozo (juego) a la fatiga (trabajo), de la receptividad a la productividad, de la ausencia de represión a la seguridad” (Marcuse, 1969b; p. 26) como tránsito al principio de realidad.

En la manera en que actúan los mecanismos de control en la vida psíquica Freud descubre el fundamento del gobierno del hombre en la sociedad. La teoría sobre la civilización es un producto de su teoría psicológica. Deriva el proceso histórico del aparato mental de los individuos, a quienes considera la sustancia viviente de la historia. La esencia del Ser es definida por Freud como Eros. El No Ser se afirma en el instinto de muerte. El Ser se impulsa hacia el placer como meta de la existencia. La lucha por la existencia es la lucha por el placer. En el inconsciente se refugia el principio del placer. Allí encontrará Marcuse los recursos necesarios para la supresión de la represión y el fortalecimiento y despliegue de los instintos de vida y de afirmación del Ser.

La propuesta de Marcuse, pese a basarse en los análisis de Freud, introducirá los elementos necesarios para consagrar la posibilidad de superación de la sociedad represiva. En una sociedad represiva el concepto de Sublimación significa que la libido está desviada de sus objetivos inmediatos hacia objetivos no sexuales y actividades socialmente útiles. Marcuse, en aras de puntualizar, para los fines de su crítica de la sociedad, la teoría de Freud, introducirá dos conceptos: 1. Principio de actuación y 2. Represión sobrante. El principio de actuación será definido como la manifestación histórica actual del principio de realidad. La represión sobrante es la represión no necesaria para el establecimiento de la convivencia de los individuos en la sociedad; restricciones promovidas por la dominación social que exceden la cantidad de represión necesaria para la perpetración de la raza humana en la civilización. (Marcuse, 1969 b)

Marcuse ve en el Psicoanálisis una herramienta para poner en evidencia la perversidad de las nuevas formas de control que ha asumido la civilización. Es en este sentido que buscará redefinir el concepto de salud mental, como la capacidad para asumir una actitud contestataria frente a una sociedad que administra el bienestar y mantiene aprisionada a la humanidad.

De las nociones de Freud, Marcuse hace una extrapolación, intentando responder a la pregunta de sí la represión es inherente a toda la civilización o si sólo es producto de una organización histórica específica de la existencia humana. De igual manera buscará extraer las consecuencias necesarias de clarificar el componente socio histórico específico para la actual civilización a partir de la distinción que desconocen los planteamientos de Freud entre lo biológico y lo socio - histórico de los instintos.

Finalmente la mayor diferencia de los planteamientos de Marcuse respecto a Freud, radicará en la respuesta que el primero intentará a la pregunta: ¿Puede visualizarse razonablemente un nivel de civilización en que las necesidades humanas sean satisfechas de tal manera y a tal grado que la represión sobrante pueda ser eliminada? (Marcuse, 1969 b). Es aquí donde se da el punto de quiebre propositivo que le permite a Marcuse construir un aporte a la crítica política de la sociedad y a la configuración de una sociedad libre.

Pensar en una sociedad libre como una necesidad supone la conciencia de que la actual sociedad no es libre, esto es, que los individuos que la componen carecen de libertad. Este es en últimas el punto de partida de Marcuse: la constatación de que la actual es una civilización represiva que evidencia la carencia de libertad. Esta reflexión cobra sentido y actualidad si se atiende a que en la actual sociedad se verifica una notable ausencia de libertad, fruto de la represión impuesta por intereses relacionados con la dominación y la acumulación.

La actual sociedad genera necesidades, satisfactores y valores que reproducen la servidumbre y la explotación. El trabajo que sustenta la apropiación capitalista es agotador y alienante. La felicidad que los explotadores extraen de este trabajo coexiste con el sufrimiento de los explotados. El consumo es una estrategia para la esclavización, para la consolidación de un pensamiento uniforme, y para la justificación del trabajo alienante y extenuante. Los valores de la publicidad crean una única manera de vivir asumiendo las necesidades establecidas por el sistema y defendiendo su conservación. Para ello se crea la promesa del confort y se manipulan los medios masivos de comunicación para el control de la humanidad y el logro de un hombre y una sociedad con un solo pensamiento. El consumismo ha llegado a convertirse en una necesidad biológica que uniforma desde los valores impuestos por la clase dominante. El arte, y la filosofía se colocan al servicio de la cultura y de los valores pregonados por el sistema, que se convierten en los valores de la gente. La libertad es libertad de elección dentro de un canon cerrado y uniforme.

Esta sociedad además reprime todo lo que amenaza con escapar, con salirse del esquema, del canon, de la única dimensión que impone. “El rasgo distintivo de la sociedad industrial avanzada es la sofocación efectiva de aquellas necesidades que requieren ser liberadas” (Marcuse, 1968; p. 29). La adquisición del orden que requiere la lógica de esta sociedad exige una limitación de la libertad. En aras de un mayor tiempo y disposición para el trabajo que sustenta la productividad y la acumulación se sustrae a la sexualidad del hombre una gran cantidad de energía que es utilizada en la actividad de producción. La represión de la sexualidad conduce al debilitamiento de la rebelión de los instintos contra el principio de realidad.

En el universo de la sociedad represora son absorbidas y neutralizadas todas las fuerzas. El consumo sirve a este fin. La sociedad logra contener las fuerzas de transformación mediante la promesa de un nivel de vida material elevado. Así se impide todo cambio social que tienda a posibilitar nuevos modos de vida. Se cambia la conciencia desdichada por la falsa conciencia feliz que considera que lo real (los valores de este sistema) es lo racional. El sistema ha desarrollado los recursos para el control total de la vida. Weber señala que la racionalidad del sistema industrial lleva dentro de sí la tendencia a una racionalización y burocratización cada vez mayor de la vida social (Taberner, 1985). Se ha producido un asalto al Yo que se manifiesta en la administración controlada de las necesidades, que lleva a una adaptación social que neutraliza potenciales protestas contra una realidad que configura la vida de los hombres en función de un trabajo esclavizante que deriva su fuerza de la no gratificación de los instintos básicos (Taberner, 1985).

El desarrollo del progreso está vinculado con la servidumbre del hombre. Por un lado se refrena la radicalización de las clases trabajadoras mediante la satisfacción de necesidades que perpetúan la servidumbre; de otro lado se impone una represión tendiente a mantener el trabajo enajenado en beneficio de la productividad y la acumulación. Los individuos son esclavos de un trabajo para un aparato que no controlan, al cual tienen que someterse para vivir. El cuerpo y el espíritu son reducidos a simples instrumentos de trabajos alienados y el yo a esclavo del principio de realidad. La servidumbre termina por ser introyectada y reproducida por los individuos.

La necesidad de transformación es imperante. El cambio de estas estructuras represivas no consiste simplemente en el mejoramiento de las condiciones de vida (adaptación al capitalismo), sino en una revolución, en un vuelco de la conciencia y de sociedad. Pero el proletariado ha dejado de jugar un papel revolucionario, se ha convertido en agente conservador incapaz de agenciar esta tarea. Este concentra sus esfuerzos en mejorar sus condiciones de vida adaptándose a la legitimación. Sus reivindicaciones lo subyugan al capitalismo y a la clase dominante.

Nuestra civilización es responsable de nuestra desdicha. Las instituciones que vienen con la cultura recortan la libertad individual apartando los instintos de sus fines. El progreso y la acumulación exigen la limitación de la libertad. La felicidad está vinculada directamente con la satisfacción de los instintos. La insatisfacción de éstos crea un intenso sufrimiento. En aras de la productividad se orquesta la represión. La reducción temporal (por exceso de trabajo) y espacial (sexualidad genital reproductiva y monogámica) de la libido, garantiza la reserva de energía para la productividad. El trabajo acapara la energía que los instintos primarios requieren. Los intereses de sectores particulares, elevados a la categoría de intereses públicos gracias a la manipulación de los medios masivos de comunicación, pugnan por la defensa de este sistema basado en la acumulación. La sociedad de consumo uniforma, reprime y logra neutralizar las fuerzas contestatarias provocando su rendición. En este contexto de subyugación de la conciencia se produce la esclavización a un trabajo que acrecienta las riquezas de unos pocos en detrimento de las mayorías. Estos, dedicando la totalidad de su energía y tiempo a un trabajo que no redunda en felicidad, se convierten en desdichados esclavos de la perpetuación de la dominación.

La civilización da cuenta de una progresiva identificación del individuo con la represión que se le impone. Para ello se ha venido operando una ideologización de la realidad a partir del adoctrinamiento realizado por una maquinaria de hábitos y comportamientos. Así se da la aceptación del principio de actuación y de sus contenidos como algo placentero, eliminando las preguntas relativas a la imposición de la sociedad sobre los individuos. El funcionamiento continuado de la sociedad ha legitimado su autoridad. Toda la barbarie que se comete contra la humanidad no se constituye en un argumento efectivo, contra estados y formas de gobierno que mantienen una política basada en la explotación, la acumulación, el saqueo, el neocolonialismo, y que para la consecución de sus fines son capaces de llevar la destrucción, la ruina y la muerte, a los pueblos sobre los que han puesto su codiciosa mirada.

El actual es un sistema destructivo en el que la técnica ha sido puesta en función de la guerra y el terror de la amenaza, y estas en función de la dominación y la perpetuación de un modelo de sociedad de acumulación vía explotación del trabajo y saqueo de los recursos. Los progresos científicos que podrían usarse para la superación de los males de la humanidad son usados para el asesinato y el sufrimiento, para mantener o hacer ignorante a la gente con la manipulación diaria de la información y la diversión y en aras del adormecimiento de las víctimas de este sistema de cosas y del ocultamiento de dichas víctimas, que con su sola existencia son la denuncia de lo podrido que hay en este esquema.

La lucha por la existencia es organizada de acuerdo al interés de la dominación. El gobierno es ejercido por poderes, grupos de presión, intereses particulares o de gremio, investidos en las instituciones democráticas. Toda tentativa de cambio es contenida para la preservación del orden establecido. El mundo histórico es configurado por una razón basada en la represión del individuo y la sociedad. La original base erótica del individuo y de la cultura es transformada sutilmente y la satisfacción manipulada.

Marcuse dirá que la construcción de una sociedad libre está precedida por la liberación del hombre del aparato explotador. Para ello será necesario modificar no solo la sociedad sino la misma estructura interna del hombre. Suprimir la imagen que la sociedad represiva ha configurado del hombre de acuerdo con sus intereses. Propone orientar la producción y el trabajo hacia la consecución de un medio ambiente en el que se desarrollen las potencialidades del hombre. Para ello es necesario modificar las necesidades y la infraestructura del hombre. Llegar a un estado en el que para satisfacer sus necesidades el hombre no tenga que dañarse a sí mismo ni destruir su medio. En el que no tenga que reproducir mediante aspiraciones y satisfacciones su dependencia respecto al aparato de dominación que lo ha venido manipulando en la civilización, para perpetrar su servidumbre.

Marcuse se refiere a esta transformación como la pacificación de la existencia: “desarrollo de la lucha del hombre con el hombre y con la naturaleza bajo condiciones en que las necesidades, los deseos y las aspiraciones competitivas no estén organizados ya por intereses creados de dominación y escasez” (Marcuse; 1968. p 58). El camino propuesto por Marcuse para la consecución de esta aspiración se alimenta, como ya se vio, de la transformación radical de las condiciones materiales de la sociedad, esto es: de la política, de la economía, de la lógica de producción, de la cultura, es decir, de todas las instituciones que acompañan la civilización. De igual manera, de una transformación en la configuración instintiva del hombre, que solo será posible al liberarlo de los requerimientos que le impone un sistema represivo. Ambas caras de la transformación han de privilegiarse y en ambos frentes se inscribe la propuesta de Marcuse y la tarea de quienes han de agenciar la transformación.

Dicha transformación hay que empujarla, no nace de la nada. El cambio radical depende de una revolución liberadora. Esta sólo será liberadora, según Marcuse, si es llevada a cabo por las fuerzas no represivas que se mueven en la sociedad existente. Las condiciones para el cambio están dadas. Se puede eliminar la pobreza y liberar al hombre del reino de la necesidad. La técnica aplicada a la vida está en la capacidad de proporcionar las condiciones materiales para hacerlo. Lo que justificaba la represión puede desaparecer gracias a los avances proporcionados por el conocimiento y la ciencia. La organización represiva de los instintos es ahora menos necesaria para la lucha por la existencia que para el interés de prolongar esta lucha en aras de mantener la dominación.

La construcción de la nueva sociedad presupone el desarrollo de los logros de la sociedad capitalista para que la potenciación de los recursos técnicos alivie las cargas y exima de esclavitud a los hombres; los desarrollos técnicos, liberados de su servicio a la causa de la explotación contribuirán a la eliminación global de la pobreza y el agobio. La ciencia liberada promoverá el desarrollo de un saber capaz de descubrir y fomentar las potencialidades de las cosas y de los hombres.

Represión sobrante

Se ha planteado ya que la represión sobrante es esa cantidad de represión que no es necesaria para mantener la civilización y la convivencia entre los seres humanos y que responde exclusivamente al interés de perpetuar un sistema basado en la dominación. La dominación en la que piensa Marcuse es de una clase hacia otra y está motivada por el deseo de acumulación como lógica que se inserta dentro del modo de vida introyectado en la sociedad por el capitalismo.

Habría que decir que a medida en que avanza la civilización el capitalismo va tomando un posicionamiento sobre la casi totalidad de los territorios del planeta y que va asumiendo manifestaciones que dan cuenta de manera más palpable de su perversidad. Es así como hoy es más grande la brecha entre ricos y pobres y la mayor cantidad de bienes se encuentra concentrada en unas pocas manos, mientras la mayoría de la población se encuentra excluida del disfrute de condiciones básicas para una subsistencia digna. También es evidente que no son los poderes económicos locales quienes configuran el esquema de distribución de las riquezas ni quienes se apropian de la mayor cantidad de estas, sino que son poderes transnacionales los que determinan los lineamientos económicos y quienes se benefician de los resultados que en términos de ganancia arroja la aplicación de estos lineamientos.

La política, tanto nacional como internacional, se inscribe en un juego de poderes, ligado a estas necesidades de apropiación de capital, tendiente a garantizar la acumulación de unos cuantos arrojando nefastos resultados: desequilibrio en el reparto de la riqueza, agudización de los problemas sociales, deterioro del medio ambiente. La soberanía de los países se ve deslegitimada por el saqueo de los bienes de las naciones operado por los grandes imperios y por el reparto que de dichos bienes manipulan los poderes locales en respuesta a las directrices tanto de su afán de acumulación como de las imposiciones que se les hacen desde fuera. La permanente amenaza y la guerra se constituyen en herramientas y factores que median en la negociación que precede a la determinación de los mecanismos de acumulación. Las naciones se definen, a la manera en que plantea Carl Schmitt, “como amigas o enemigas” (Schmitt, 1932. p. 56), de acuerdo a los intereses de la apropiación y la acumulación de los bienes. Marcuse defenderá la idea de que el papel de la represión sobrante está determinado por las necesidades de un modelo de sociedad y que mientras este modelo persista el individuo y la sociedad serán desdichados.

Acumulación y consumo

Marcuse sostiene que la represión sobrante de los instintos tiene una causa económica. El mercado se basa en la explotación a través de la cual se consagra la estructura clasista de la sociedad. Por la explotación se garantiza la acumulación de bienes en manos de una clase dominante. Para mantener este esquema de dominación se han venido creando condiciones de represión que se han introyectado en la sociedad hasta el punto de obnubilar la conciencia. El consumo cumple con la labor de garantizar no solamente este adormecimiento sino de mantener la dinámica del mercado que provee la acumulación y de una productividad que alimenta este mercado.

El principio de actuación, que introduce Marcuse, es ubicado en el seno de una sociedad adquisitiva que se encuentra en proceso de expansión. Dicha sociedad responde a los rasgos esenciales del capitalismo y pese a su alta capacidad para producir niveles de consumo y de disfrute, estos rasgos, es decir, la apropiación privada de la plusvalía y el beneficio que de esta derivan las grandes empresas, no desaparecen y por el contrario se exacerba y concentran cada vez más.

Los amos han creado un público que pide sus mercancías. El interés de una clase construye bienes para alimentar la demanda de consumo, creada de manera simultánea a través de los medios de comunicación y propaganda, desde donde se promueven los valores imperantes en la sociedad: la estupidez y la violencia, la destrucción y la competencia. Las necesidades y satisfacciones quedan así contaminadas con las exigencias del lucro y la explotación.

Las actuaciones de las personas son estandarizadas y responden a la introyección de condicionamientos como el de la necesidad de competencia, expresión de la lucha cotidiana por la existencia, dentro de las exigencias de esta sociedad. Los símbolos de estatus, de poder, de virilidad, de prestigio, son promovidos desde la publicidad e interiorizados y asumidos como patrones de conducta que responden al único objetivo de mantener la dinámica del consumo que alimenta el mercado, en tanto que condicionan la manera de pensar de los individuos hasta estandarizarla impidiendo toda fuga que ponga en peligro el funcionamiento de la maquinaria de dominación.

En la actual sociedad la libertad ha sido reducida a los actos de consumo. La fascinación del hombre por éste ha sido configurada como respuesta a la dinámica de crecimiento incesante de la producción. Los bienes y servicios en oferta determinan las necesidades. El tiempo libre y el ocio son manejados, las relaciones del individuo con la autoridad moldeadas y las opciones políticas e ideológicas confinadas a la validación y mantenimiento del esquema de consumo y de las necesidades que éste produce.

A través del consumo, con innumerables aparatos que mantienen ocupadas a las personas y que les proporcionan comodidades, se pretende liberar la frustración que produce la represión constante del placer. A cambio los individuos venden su trabajo y su tiempo libre mientras distraen su atención de la verdadera necesidad, que es la conciencia de que pueden auto determinarse en cuanto a necesidades, satisfacciones, tiempo de trabajo y uso del tiempo libre. Hay una sujeción respecto a un mercado cada vez más colmado de mercancías. El individuo termina siendo un consumidor que se consume a sí mismo al comprar y vender (Marcuse, 1969b).

El producto de este sistema, que se escuda en el proporcionamiento de bienes y comodidades, es una civilización en la que la satisfacción de unos, producto del consumo, coexiste con la infelicidad y el sufrimiento de otros. Es un sistema que se alimenta de las desigualdades y que parece pugnar por agudizarlas cada vez más. Así, la tendencia al consumo, fruto de la necesidad de producción que se deriva del deseo de acumulación, contribuye a la perpetuación de la lucha por la existencia que se expresa, de una parte, en la necesidad de producir y consumir lo que no es necesario y de otra, fruto de la desigualdad, de proveerse con mayor esfuerzo lo que es básico para la existencia. Mientras lo que otrora era lujo hoy es interiorizado como necesidad vital, se agudiza el competitivo negocio de vivir orientado por necesidades y satisfacciones recién creadas. La producción capitalista incrementa así su señorío sobre la existencia humana.

Queda evidenciada en esta doble visión la perversidad. El engrandecimiento de los que Marcuse llama los amos está sustentado por el aumento en las necesidades de consumo, por el mantenimiento de una lógica de producción que acapara la totalidad de la persona y por la existencia de un reducto de seres sin capacidad de acceder a los bienes necesarios para la satisfacción de las necesidades básicas.

Sociedad uniforme

Los monopolios condicionan un desarrollo del individuo y de la sociedad, operando una pérdida de la individualidad. “El átomo genérico llega a ser directamente un átomo social; la formación del superego maduro omite el estado de individualización” (Marcuse, 1969 b. p.98). Las imágenes que en el individuo guían el desarrollo del superego van declinando ante la aparición de referentes de poder y autoridad mucho más fuertes como las instituciones de la sociedad, ante las cuales se eclipsa el poder de los padres. Estas ya no son vistas por el individuo como fuerzas represivas, en la medida en que proporcionan confort y tranquilidad, por lo cual se reduce el grado de insatisfacción en su relación con la autoridad. Ya no será necesario asesinar al padre represor de placer porque este nuevo referente de autoridad creará la imagen más que de represor, de posibilitador de la gratificación. Aquí juega un importante papel la promoción del consumo.

Pero no es sólo el placer proporcionado por el consumo lo que determinará la relación del individuo con la autoridad, es también la actitud de introyección de los valores y la autoridad característicos del principio de la realidad. Uno de los objetivos que persigue el despliegue de la maquinaria de consumo es la asimilación de las fuerzas e intereses opuestos al orden establecido. Paulatinamente el pensamiento del hombre va perdiendo su dimensión negativa para transformarse en un pensamiento unidimensional determinado por una razón totalitaria. Según Fromm, desde la lógica de la uniformidad se da una moral en la que la virtud es ser como los demás y el vicio ser diferente (Taberner, 1985).

Marcuse caracterizará en El Hombre Unidimensional está identificación de los individuos con el sistema que los reprime como una consecuencia del despliegue de una serie de herramientas de dominación tendientes a la neutralización del hombre. En el ámbito de los conceptos dirá que la sociedad unidimensional pretende eliminar los conceptos más perturbadores desde la imposibilidad de definirlos en términos operacionales o conductistas. Así desaparecen los elementos trascendentes de la razón para dar paso a la forma de conducta que sirve para los objetivos del sistema dominante. En la esfera política se opera la convergencia de los opuestos hasta el punto de que se hacen indistintos los discursos y programas de los partidos. Dicha uniformidad es camuflada bajo la bandera de la defensa contra el enemigo común. Su aparente amenaza atenúa las luchas de clase y mantiene ocultas las contradicciones del sistema imperante (Marcuse, 1968).

El reemplazo del padre por otros agentes del principio de realidad desencadena una sociedad masificada incapaz de producir sujetos críticos, que crea y coordina formas de poder acordes con su necesidad de conservación de lo establecido. Los individuos dejan de poseer convicciones propias, gustos y opciones. La voluntad popular es fabricada desde la manipulación realizada a través de los medios de propaganda, quedando las opciones políticas e ideológicas circunscritas al mantenimiento de la sociedad instituida en el principio de actuación. El proceso semidemocrático actúa como contención del cambio radical. Es sostenido por una “mayoría” configurada y condicionada por los intereses dominantes que se benefician con el mantenimiento del orden establecido.

No hay más lógica y más ley que la que preserva el orden establecido. Quienes rechazan esta lógica se colocan fuera del campo de la ley y en conflicto con ella. El rechazo solo se da como manifestación aislada, en un universo perfectamente determinado por los valores instituidos desde la lógica de la dominación, producto de una suerte de demencia antisocial digna de ser perseguida y neutralizada.

La sociedad se defiende fortaleciendo sobre la conciencia controles que se extienden hacia áreas que se mantenían libres anteriormente. Penetran en el ocio a través del relajamiento de los tabúes y una industria de la diversión que controla el tiempo libre. También es controlado la manera y el tiempo en que se ejerce la sexualidad. La actuación erótica es puesta en la misma línea de la actuación social (Marcuse, 1968). La sexualidad es determinada por arquetipos que le confieren la condición de mercancía colocada, al igual que los individuos, en la relación valor - precio.

Los valores cotidianos de la gente son los valores establecidos, la libertad es aparente y consiste en la libertad de elección de las necesidades creadas por la sociedad. Se aumenta desmesuradamente el espectro de los deseos y de los mecanismos para satisfacerlos. Sin embargo estos deseos dejan de ser los naturales y propios deseos del individuo, son creados y manipulados por la sociedad a medida que va determinando que los impulsos de la libido sean relegados, olvidados o aplazados. Marcuse afirmará que los hombres no viven su propia vida sino que realizan funciones que están preestablecidas (Marcuse, 1968).

Las restricciones impuestas por la sociedad operan sobre el individuo como leyes externas que se transforman en una fuerza internalizada. La represión es vivida por el individuo con naturalidad como si esta fuera en sí misma su vida. Los sueños y metas determinados por los anuncios publicitarios provocan en las personas una disociación de la existencia y una confusión entre la realidad y el sueño.

Los tradicionales valores son manipulados y provistos de un contenido que los modifica hasta constituirlos en valores tranquilizadores. El arte, el amor, las palabras, son convertidos en clichés desde la publicidad. La filosofía, su racionalidad y su vocabulario entran en esta lógica. Se instituye un único lenguaje para todos. La cultura, que se vende como una mercancía más en el mercado, promueve figuras y arquetipos de entronización del orden establecido que determinan las actitudes, actividades, maneras de estar en el mundo y ocupaciones socialmente útiles y que sirven para la reproducción y difusión a escala masiva de valores que perpetúan el sistema de dominación.

El individuo es vinculado libidinalmente con los padres institucionalizados. Esto gracias al relajamiento que las instituciones de la sociedad hacen de los tabúes, fundamentalmente en el campo de la sexualidad, posibilitando el apaciguamiento del individuo, quien ya no percibe la fuerza represora del superego. Se llega de esta manera a una introyección del sistema y sus valores tal, que todo rechazo de este será un rechazo del individuo a sí mismo.

Con su conciencia coordinada, su vida privada abolida, sus emociones integradas dentro del conformismo, el individuo queda sin espacio mental para enfrentar un sentido de culpa que ahora es colectivo. La responsabilidad por la organización de la vida individual recae sobre el colectivo, en el sistema de instituciones que determina, satisface y controla las necesidades. La esfera de lo privado es completamente invadida por la opinión pública que penetra y condiciona el curso individual de la existencia haciéndolo entrar al manso y plácido redil social.

Este tipo de mansedumbre, unido a las satisfacciones proporcionadas por el desarrollo de la técnica aplicada a la producción de necesidades y satisfactores que mantienen entretenidas a las personas, son logros que justifican para el sentir común, la existencia de un sistema de producción que ocupa la casi totalidad de la energía de que disponen los individuos. Es así como se justifica la dominación. Los valores promovidos desde la sociedad buscan la uniformidad de todos los individuos, el establecimiento de una conciencia colectiva domesticada que legitime, por la introyección de dichos valores, la perpetuación de este sistema de autoridades e instituciones que arrebatan el placer liberador y lo sustituyen por una serie de sucedáneos que atrapan la conciencia bajo la apariencia de una felicidad que cuesta la entrega de la persona a un trabajo penoso y no gratificante que le permitirá comprar estos sucedáneos de placer.

El hombre queda así reducido al estado de una cosa más dentro de las muchas cosas que se venden y consumen. Su libertad es administrada hasta el punto que ya no ve la necesidad de auto determinarse ya que la vida administrada es mucho más cómoda. La sociedad se hace totalitaria en la medida en que, desde sus intereses crea e impone necesidades falsas que perpetúan el esfuerzo, la agresividad, la miseria y la injusticia a la vez que impiden el surgimiento de la oposición (Marcuse, 1968).

Represión

La idea de represión, como ya se mencionó, es tomada por Marcuse de los desarrollos aportados por Freud en su interpretación de la civilización. “Según Freud la cultura exige una sublimación continua, lo que supone el debilitamiento de Eros” (Jiménez, 1983.p. 118). Marcuse introducirá el concepto de represión sobrante intentando con éste caracterizar un tipo de represión que ya no es fundamento de la civilización sino del proyecto de perpetuación del dominio de una clase. En este sentido el concepto de represión sobrante le posibilitará abrir una grieta en el esquema Freudiano por la cual habrá de filtrarse la posibilidad de una sociedad libre.

La presentación de la idea de represión sigue el curso trazado por Freud. En un principio el inconsciente es regido por el principio de placer, configurando una fase del desarrollo del individuo en la que su única lucha es la búsqueda del placer y el rechazo de todo aquello que produzca desagrado. Sin embargo la inserción del individuo en el medio natural y humano va a generar un choque. El individuo llegará a la conclusión de que la gratificación total y sin dolor de sus necesidades es imposible. A partir de esta experiencia de frustración entra en escena el principio de la realidad que invalida el principio de placer. El aprendizaje que posibilitará la civilización consiste en que el hombre pueda sustituir el placer momentáneo por un placer retardado, pero seguro. Las fuerzas de la gratificación instintiva se subyugarán a las normas y a las relaciones sociales establecidas modificando el placer mismo.

El control represivo sobre los instintos es inherente al principio de la realidad como condición para la vida del hombre en sociedad. Freud presenta como el culmen de la institucionalización de la civilización la sujeción de los instintos sexuales a la primacía de la genitalidad monogámica y la subyugación de ésta a la función procreativa. La moral instituida por la civilización demanda la mayor parte de tiempo para el trabajo. Cuando el individuo ha llegado a ser un sujeto - objeto del trabajo se consuma la reducción de Eros a la sexualidad procreativa.

La sexualidad tiene que ser desviada de su meta. Esto porque su satisfacción demanda una cantidad de tiempo y energía necesarios para la lucha por la existencia concretada en el trabajo. Pero no solo los impulsos de trabajo son alimentados por la sexualidad inhibida de su meta. También los instintos propios de las relaciones sociales son refrenados por resistencias internas que los desvían de sus propósitos. Solo gracias a esta desviación y renuncia a la completa gratificación este tipo de relaciones llegan a ser sociales.

Queda claro que la represión es impuesta desde fuera, es decir desde las exigencias de consolidación de la civilización. Marcuse hará hincapié en esta condición del estado represivo, fundamentalmente en lo que atañe a la represión excedente, para manifestar que en la imposición de esta represión tienen una decisiva responsabilidad los intereses de dominación perseguidos por una clase.

El individuo llega a ser un sujeto engranado en una realidad que le es impuesta desde fuera. También es impuesto el trabajo, así lo deja entrever al sostener que para el aumento de la base material de la civilización fue principalmente necesario un trabajo doloroso realizado con esfuerzo, que difícilmente habría de gratificar las necesidades individuales. La imposición la coloca Marcuse como estrategia para la acumulación y dominación de una clase. “El progreso capitalista corta el medio ambiente de la libertad, el espacio libre de la existencia humana, la aspiración y la necesidad de tal medio ambiente” (Marcuse, 1969a. p. 26).

Bajo el dominio del principio de actuación la sociedad condiciona al individuo para la competencia, provocando una desviación de la libido para que actúe de manera socialmente útil, es decir, para que se sacrifique en aras de la productividad. El sueño que alimenta la competencia es el sueño que vende la propaganda de quienes dominan. El alcance de este sueño moviliza todas las fuerzas del hombre y desvía su búsqueda de la satisfacción demandada por sus instintos. La satisfacción se concentra en la meta vendida por el sistema imperante.

Se da una dosificación y distribución del placer que apunta a lograr el control de todas las fases de la existencia. Ya veíamos cómo el ocio es controlado. El organismo, piensa Marcuse, debe ser entrenado para la enajenación. En función de esta enajenación se configura el ocio como una actividad pasiva que pretende la recuperación de energía para el trabajo. Esto excluye la explotación del deseo de placer en la sexualidad, por ello es necesario el control de esta.

En esta búsqueda de control se colocan el amor y las relaciones duraderas y responsables. Son el resultado de la domesticación. Fuera del mundo privado de la familia la existencia del hombre se suscribe exclusivamente al mundo laboral y está determinada por el valor de cambio. En casa la vida cae bajo el mando de la ley y la moral. Una moral que fue movilizada contra el uso del cuerpo como un instrumento de placer. Al lado de ello se da la desublimación institucionalizada mediante la cual la sociedad logra convertir la sexualidad en un vehículo para la opresión, en mercancía con la que se lucra, ofreciendo la imagen de la liberación de los instintos (Marcuse, 1968).

Aquí, en la sustentación de la relación monogámica, Freud da cuenta de la condición desdichada que impera en el hombre por el advenimiento de la civilización. Marcuse ya ha dejado entrever que hay una represión que excede los límites necesarios para mantener la sociedad de hombres. “Las instituciones y los intereses de dominación introducen controles adicionales por encima de los indispensables para la asociación humana civilizada” (Marcuse, 1969b. p.48). Esta represión es el resultado de condiciones sociales específicas requeridas por el interés específico de la dominación. Está idea necesariamente se relaciona con todo el planteamiento que hemos hecho anteriormente de la ávida búsqueda de acumulación.

Todo el aparato de control anteriormente descrito está orientado a prevenir la salida del individuo de este esquema represivo. Si esta represión es la condición para la dominación es evidente que la superación de está minaría el sistema de dominación y amenazaría su caída. Por ello la estrategia de la masificación y la uniformidad de los individuos. Marcuse piensa que si el individuo es dejado solo tomará conciencia de sí mismo y de su condición de reprimido: “dueño de sí mismo, y ayudado por un libre, inteligente conocimiento de las potencialidades de la liberación de la realidad de la represión, la energía libidinal [...] haría explotar el ego de la realidad y sus actuaciones represivas” (Marcuse, 1969b. p.48) Se explican entonces las razones que acompañan el interés de mantener ocupado todo el tiempo y toda la energía del hombre, en el deseo de protección contra factores que puedan desestabilizar el orden.

La escasez justificó la represión de los instintos en otra época. En este instante ya no la justifica. De ello podría deducirse que está cerca la liberación del hombre. Sin embargo cada vez se presenta un aumento en las restricciones impuestas al individuo para mantener el orden constituido y el dominio que se sustenta en él. La mecanización de la actividad productiva, que se esperaría habría de liberar tiempo en el hombre, ha redundado en mayor desgaste físico y mental, haciendo cada vez más difícil la felicidad, a la par que va generando la rendición, imposibilitando que él asuma como propia la necesidad y la tarea de la liberación.

Marcuse defenderá la idea de que estos individuos, insertos en este sistema represivo y manipulado por la sociedad de consumo, difícilmente estarían en capacidad de conducir la transformación. Si bien, encarnan todo el potencial revolucionario, sus actuales condiciones los ligan más al sistema imperante que a la empresa de liberar a la humanidad. No poseen la conciencia de tal necesidad ya que no hace parte de la conciencia promovida desde el poder.

Rendición

Marcuse ya ha dejado ver que en la conciencia general existe una especie de conformismo provocado por el estado de bienestar en que se encuentra la mayoría de los individuos en las sociedades industriales. El poder del capitalismo, sostiene, ha congelado la aparición de una conciencia e imaginación capaz de originar una necesidad de cambio radical. A través del desarrollo, y la satisfacción de las necesidades creadas por el sistema se produce una interrupción de la conciencia. Se fundamenta una estructura instintiva de defensa del interés creado en el sistema existente.

Marcuse derivará de las ideas que hemos presentado en el anterior aparte que esta sociedad está preparada para manejar a su antojo la oposición restringiendo la amenaza de disensos que puedan afectar el orden. En este sentido es tolerable un grado mínimo de disentimiento siempre que no se salga de la esfera del orden establecido. Así dirá Marcuse que “la oposición es absorbida por el mismo orden al que se opone” (Marcuse, 1969a. p. 69).

Freud dirá que dicha identificación de la oposición con el orden al cual pretende oponerse se da gracias al sentido de culpa. La introyección de los valores característicos del padre asesinado, como valores que se creen necesarios para la preservación de la estabilidad y como memoria para aliviar la mancha del crimen cometido, hace que se perpetúe e incluso se defienda el orden autoritario que de él se hereda. Se extrapolan en las autoridades a los padres y el sentido de culpa hace que la represión sea interiorizada en memoria de ellos. “El sentido de culpa tiene su origen en el complejo de Edipo y fue adquirido cuando el padre fue asesinado por la asociación de los hermanos. Ellos satisficieron su instinto agresivo; pero el amor que tenían por su padre les provocó remordimiento, creó el superego por identificación y, así, creó las restricciones que debían prevenir una repetición del acto, de generación en generación” (Marcuse, 1969 b. p. 82).

Las instituciones de dominación de la civilización reproducen la represión. La culpa que acompaña a la rebelión es cada vez más grande en la medida en que crece la imagen autoritaria y el beneficio aparente que de estas autoridades se deriva para los hijos. Cuando la dominación del padre se ha extendido a la sociedad, la culpa se hace más grande. El padre queda restringido en la familia y es extrapolada su figura autoritaria a la sociedad. Resucita con mucho más poder el padre asesinado. La revuelta contra estas autoridades se constituirá en un crimen supremo. La culpa se hace más grande en la medida en que esta revuelta ya no es contra el déspota que castraba la satisfacción de los instintos de sus hijos, sino contra el sabio estado administrador del placer que brinda todos los bienes para consumir. La identificación que se da del individuo con la sociedad hace que la rebelión ya no sea contra un ente dominante sino contra toda la sociedad. Es así como la propaganda hace de las agresiones de los imperios, campañas para defenderse de los enemigos, no ya del imperio, sino de toda la humanidad.

En esta actitud de asimilación por parte de los individuos, de la represión social como forma de vida para acceder al placer y al confort propio de una sociedad de consumo, en esta asimilación de los opuestos, explica Marcuse la derrota de toda forma de protesta, y de los intentos de cambio social que se han dado. “La civilización convierte los elementos explosivos en elementos dirigibles” (Hoequard, 1973. p. 36).

Marcuse analiza la sociedad de su época y encuentra que los trabajadores, la potencial clase revolucionaria, se han convertido en una fuerza afirmadora de la sociedad. Las clases trabajadoras organizadas se han integrado al capitalismo avanzado impidiendo una unión transformadora de las fuerzas oprimidas de la sociedad. Las demandas de los trabajadores se han limitado a la petición de salarios y mejoramiento de las condiciones de trabajo. El campo de la política, de la transformación del modelo de acumulación, de la búsqueda de una sociedad en la que el hombre pueda configurarse su propia vida se sale de sus luchas.

Marcuse dirá que la clase trabajadora comparte las necesidades estabilizadoras del sistema, convirtiéndose en un factor conservador (Marcuse, 1969 b). “El poder estabilizador e integrador del capitalismo avanzado y los requerimientos de la coexistencia pacífica obligaron a los partidos obreros a parlamentarizarse y a concentrarse en demandas de orden económico inhibiendo el crecimiento de una conciencia política” (Marcuse, 1969 b. p. 59). Estos partidos, como estrategia para mantenerse vivos frente al poder del capitalismo, se sumen en la pasividad, asumiendo una función estabilizadora dentro del sistema.

El orden es preservado gracias a la unidad de las fuerzas antagónicas, esto gracias al progreso técnico que estabiliza la sociedad convirtiendo “la razón tecnológica en razón política” (Marcuse, 1968. p 18). “La conquista científica de la naturaleza es usada para la conquista científica del hombre” (Marcuse, 1968. p 16), privándolo de la independencia de pensamiento, la autonomía y el derecho a la oposición política. Desde la administración de las necesidades la sociedad pretende ocuparse de la necesidad de liberación eliminándola al hacer grata la servidumbre. Bajo la forma de muchas comodidades se garantiza la eliminación del disenso y se perpetúa la sujeción del hombre al aparato de producción (Marcuse, 1968).

Conclusiones

De los planteamientos de Marcuse se puede concluir que la represión opera como una tecnología en función de la acumulación. Tal tecnología supone la introyección en el individuo de la misma. La represión desde fuera ha sido sostenida por la represión desde dentro. El individuo sin libertad introyecta a sus dominadores y sus mandamientos. Las posibilidades de la liberación son relegadas al terreno de las utopías. La represión ha llegado a ser tan efectiva que para el reprimido asume la ilusoria forma de libertad. Pese a las condiciones de miseria que puedan vivirse en algunos países, la sociedad en general, cree que todo en el sistema marcha bien. La discusión en torno a estos temas se elude, salvo si son temas presentados desde la lógica amarillista de los medios de comunicación. La inconformidad con el sistema es totalmente inútil y pone en peligro el buen funcionamiento del conjunto. La eliminación o la amenaza de destrucción de esta aparente libertad es tomada como totalitarismo o amenaza a la democracia. No hay una distinción entre conciencia falsa y conciencia verdadera.

En esta sociedad el hombre es desgraciado. Es un enfermo como la sociedad que lo ha engendrado. La remembranza inconsciente de la pasada libertad lo coloca en permanente lucha interna entre el principio de placer y el principio de la realidad; y ante la permanente derrota del primero se sume en la desdicha. Desdichado por esta permanente frustración, rendido ante la implacable represión, cómplice de la sociedad que lo reprime, se convierte en presa fácil de la perpetuación de la servidumbre explotadora.

Se ha dicho que la sociedad genera necesidades, satisfacciones y valores que reproducen la servidumbre. A través de la economía de consumo el hombre es condenado a tomar la forma de una mercancía. Se crea en él una segunda naturaleza que se opone a cualquier cambio que pugne por abolir la dependencia respecto del mercado. Queda ileso el círculo que reprime para esclavizar, esclaviza para producir más, produce más para vender más, para vender estimula el consumo, vende para acumular, y necesita mantener esta lógica a través de la manipulación de los instintos como única manera de disponer de la necesaria fuerza para que esta maquinaria nunca se detenga. Mientras todo esto sucede el individuo sigue siendo desdichado, el capital se concentra cada vez más en pocas manos y grandes oleadas de población padecen una existencia en la que carecen de las mínimas condiciones para subsistir.

Referencias Bibliográfícas

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