Teoría de la razón en Searle. La razón como cualidad de la mente generada por el uso del lenguaje

  • Angélica María Rodríguez Ortíz Universidad Pontificia Bolivariana, Medellín, Colombia

Resumen

La filosofía tradicional ha postulado concepciones sobre la relación razón- lenguaje en aras de garantizar las condiciones de posibilidad ontológicas del segundo, a partir de los ordenamientos de la primera. La razón se ha postulado como la facultad que da origen al lenguaje; lineamientos sobre los cuales se han construido diferentes postulados epistemológicos.  En una vía opuesta se instaura la filosofía de John Searle, quien inicia una bifurcación en contra de la tradición al considerar la razón como una cualidad de la intencionalidad humana; teoría, en la cual, el lenguaje es el elemento que hace posible el desarrollo de la razón: sin lenguaje no existe la racionalidad. El presente artículo pretende mostrar cómo la filosofía analítica del John Searle plantea un giro en la concepción de la racionalidad, en pos de comprenderla, ya no como una facultad propia del entendimiento humano, sino como un proceso mental generado a partir del uso del lenguaje.

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Biografía del Autor

Angélica María Rodríguez Ortíz, Universidad Pontificia Bolivariana, Medellín, Colombia

Magíster en Educación por la Universidad de Caldas (2008), doctoranda en Filosofía por la Universidad Pontificia Bolivariana (Medellín, Colombia). Licenciada en Filosofía y Letras por la Universidad de Caldas (2007). Líder y Docente del programa de Maestría en Enseñanza de las Ciencias de la Universidad Autónoma de Manizales. Investigadora del grupo: SEAD-UAM en la línea de Actores y Contextos.

E-mail: angelica.rodriguez276@gmail.com

Citas

Austin, J. (1962). How to do Things with Words. London: Oxford University Press.

Kant, I. (2006). [KrV] Crítica de la razón pura. Trad. Pedro Ribas. Bogotá: Taurus.

Köhler, W. (1989). Experimentos sobre la inteligencia de los chimpancés. Trad. J. C. Gómez. Madrid: Debate.

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Searle, J. (2010). Making the Social World. The Structure of Human Civilization. New York: Oxford University Press.

Searle, J. (2015). Seeing thinks as they are: a theory of perception. Oxford: Oxford University Press
Publicado
2018-01-31
Como citar
RODRÍGUEZ ORTÍZ, Angélica María. Teoría de la razón en Searle. La razón como cualidad de la mente generada por el uso del lenguaje. Praxis Filosófica, [S.l.], n. 45S, p. 165 - 195, ene. 2018. ISSN 2389-9387. Disponible en: <http://praxis.univalle.edu.co/index.php/praxis/article/view/6135>. Fecha de acceso: 16 feb. 2019 doi: https://doi.org/10.25100/pfilosofica.v0i45S.6135.

Palabras clave

Lenguaje, Razón, Intencionalidad, Actos de habla ilocucionarios, Conocimiento

El problema: racionalidad-lenguaje

La relación razón-lenguaje ha sido un tema en el que la mayoría de los filósofos han centrado su atención. En algunos, sus posturas emergen desde los estudios de la filosofía del lenguaje, en otros, en cambio, el tema de la racionalidad en relación con el lenguaje se aborda desde los estudios epistemológicos. Sin embargo, sin importar la forma cómo se aborde el asunto, hay un elemento común a todos los estudios: la razón se antepone al lenguaje, es la facultad generadora de procesos de comunicación y la que hace posible la creación del lenguaje proposicional. Sin razón no es posible que haya lenguaje, esa es la tesis que se infiere en la filosofía de la tradición. Sin embargo, contrario a lo que expone esta perspectiva tradicionalista en el problema lenguaje- razón, existe la posibilidad de revisar el caso inverso; es decir, que sea el lenguaje el que posibilite el desarrollo de la racionalidad humana; es precisamente esta la postura que se pretende abordar en este escrito. Razón por la cual, en primera instancia, se presentará una breve aproximación al problema, desde algunos autores representativos de la tradición; en un segundo momento, se presentarán los argumentos de John Searle, quien expone la racionalidad humana como una cualidad intrínseca de la intencionalidad, es decir, la razón es vista como un proceso, en el cual se requiere el seguimiento de reglas de los juegos del lenguaje, específicamente de los actos de habla, para generar procesos de pensamiento en niveles superiores hasta alcanzar el desarrollo de la razón; los planteamientos searleanos permitirán argumentar en favor de una nueva concepción de la razón humana, que se opone a la razón imperante, ya que la considera como un proceso mental que se genera a partir del uso del lenguaje. Sin el uso del lenguaje verbal no es posible alcanzar la racionalidad.

Razón y lenguaje: la concepción tradicional

Uno de los grandes cuestionamientos de la filosofía del lenguaje ha sido abordado desde la pregunta: ¿poseemos un lenguaje por ser seres racionales o somos racionales porque poseemos lenguaje? Hay quienes optan por afirmar que la razón es la única que garantiza la creación del lenguaje, ya que la razón es reguladora de las demás facultades del pensamiento. Estas teorías tienen como mayor influencia la teoría kantiana, la cual expone que los conceptos son creados por la razón, pues esta facultad es la única que hace posible construir un concepto, dado que puede presentar la intuición a priori que le corresponde.

Para construir un concepto hace falta, pues, una intuición no empírica que, consiguientemente, es, en cuanto intuición, un objeto singular, a pesar de lo cual, en cuanto construcción de un concepto (representación universal), tiene que expresar todas las posibles intuiciones pertenecientes al mismo concepto “[…] La razón está en que esa intuición apunta siempre al simple acto de construir un concepto, en el cual hay muchas denominaciones” (Kant, KrV, A714/B742).

El lenguaje matemático y lógico es originado por la razón pura, y el lenguaje ordinario requiere de intuiciones no empíricas. Intuiciones sin las cuales no es posible crear conceptos. La razón, para Kant, es la que contiene los principios reguladores de la unidad sistemática en su mayor grado de coherencia interna, de tal forma que el entendimiento se aproxime al conocimiento. En este proceso del entendimiento humano usamos el lenguaje al crear conceptos y emitir juicios.

En efecto, la ley racional que dirige la búsqueda de tal unidad posee carácter necesario, pues, a falta de esa ley careceríamos de razón y, sin esta, no habría ningún uso coherente del entendimiento y, en ausencia de este uso, no tendríamos criterio alguno suficiente de la verdad empírica; en orden a este criterio, nos vemos, por tanto, obligados a dar por supuesto que esa unidad sistemática de la naturaleza es necesaria y posee plena validez objetiva (KrV, A652/B680).

En otras palabras, la razón es la que unifica sistemáticamente todos los actos del entendimiento para que este enlace los fenómenos y cree los conceptos; ya que “El entendimiento constituye un objeto de la razón, al igual que la sensibilidad lo es del entendimiento. Unificar sistemáticamente todos los posibles actos empíricos del entendimiento constituye una tarea de la razón, así como el entendimiento enlaza la diversidad de los fenómenos mediante conceptos y la somete a leyes empíricas”. Entendimiento y razón son los que crean los conceptos y las leyes lógicas que regulan nuestro lenguaje (KrV, A665/B693).

El lenguaje requiere no solo de la razón y del entendimiento para lograr la coherencia de correspondencia entre el concepto y el objeto, sino que, además, es preciso hacer el uso del mismo de manera correcta. En este sentido, Kant sienta su crítica a la filosofía anterior desde el uso incorrecto de los conceptos, y plantea la necesidad de hacer un uso consciente de los mismos. En su Crítica de la razón pura, el autor plantea en su sistema trascendental el uso correcto y consciente de los conceptos e inicia con el concepto de “razón”, para aclarar que este ha sido usado, a lo largo de la historia de la filosofía, de diversas formas y hasta entendido como “sabiduría y providencia divina”. “Así, pues, la razón pura que parecía ofrecernos inicialmente nada menos que ampliar nuestros conocimientos más allá de todos los límites de la experiencia, no contiene otra cosa, cuando la entendemos correctamente, que principios reguladores” (KrV, A701/B729).

En la perspectiva kantiana, el lenguaje sería posterior a la razón. Sin razón no habría lenguaje1. La creación, desarrollo y uso de conceptos estarían regidos por los principios otorgados por la razón, los cuales rigen al entendimiento; siendo este último, quien se encargue de la creación de conceptos y su universalidad manifiesta de la relación adecuada con el objeto en cuestión. Para Kant, el lenguaje en relación con la adquisición del conocimiento está regulado, entonces, por las reglas de la lógica general, la cual guarda relación con el entendimiento y la razón, para hacer abstracción -como las de la lógica aplicada-, pues en el uso del lenguaje los conceptos terminan por ser construidos por el entendimiento. En este sentido, la lógica aplicada es una representación del entendimiento, así como de las reglas que se requieren en su uso concreto. La relación razón-lenguaje-entendimiento está mediada por la lógica trascendental, pues es la que organiza las leyes del pensamiento; de tal forma se logra coherencia. La lógica trascendental permite abstraer un contenido del conocimiento puro e intelectual; un conocimiento que, para el autor, permite pensar los objetos plenamente a priori.

La razón como facultad humana cuya tarea consiste en saber ¿Cómo son posibles los juicios sintéticos a priori?2 es el soporte del conocimiento y el lenguaje.“[…] La razón es la facultad que proporciona los principios del conocimiento a priori” (Kant, KrV, Int. B24), y como facultad humana, al tener la tarea de saber cómo son posibles tales juicios, inicia su relación con el lenguaje y lo evidencia en el análisis de contenido lingüístico de los mismos, es decir, en las expresiones proposicionales. En este sentido, la relación razón-lenguaje está mediada por las leyes de la lógica trascendental que guían al entendimiento y le dan forma al pensamiento.

La razón como facultad del pensamiento posibilita en el entendimiento la unidad de las distintas representaciones en los juicios para crear los conceptos puros. “La misma función que da unidad a las distintas representaciones en un juicio proporciona también a la mera síntesis de diferentes representaciones en una intuición una unidad que, en términos generales, se llama concepto puro del entendimiento” (KrV, A79/B105). Sin razón no sería posible hablar de lenguaje, no sería posible hablar de lógica y mucho menos sería posible hablar de conocimiento ni de ciencia, puesto que en la teoría kantiana el eje que regula el pensamiento a través de la lógica es la facultad de la razón3. Ante esto es preciso aclarar que, si bien Kant no se plantea el problema del lenguaje como algo directo, a lo largo de su obra si lo retoma en relación con la razón en su Doctrina trascendental de los elementos, apartado de la Crítica de la razón pura en la que trabaja la relación de esta con el concepto y el juicio4.

La relación razón-concepto brinda las bases para la comprensión de la teoría kantiana, ya que para este pensador alemán la razón “[…] Concibe un objeto que sea completamente determinable de acuerdo con principios, aunque su mismo concepto sea trascendente al no haber en la experiencia condiciones suficientes para ello” (KrV, A571/B599). Por ello, todo concepto es indeterminado y se somete al principio de determinabilidad, dado que cada par de predicados opuestos, aunque suene contradictorio, pueden llegar a convenir al mismo concepto. Es decir que, en su estudio implícito del lenguaje, al involucrar el principio de indeterminación Kant muestra que además de estudiar todos los predicados posibles de las cosas también se presupone una posibilidad global que relación al mismo conjunto de predicados, lo cual presupone a su vez de una condición a priori. “El principio de completa determinación afecta, pues, al contenido y no sólo a la forma lógica” (KrV, A572/600B). Es el principio de la síntesis de todos los predicados el que entra en el concepto entero de una cosa. Una proposición X no significa solamente que de todos los predicados opuestos que a esta le convengan uno tenga que convenirle, sino que además los predicados se confrontan lógicamente, y por supuesto, confronta trascendentalmente la cosa misma con este conjunto de predicados posibles5.

Ahora bien, para Russell en cambio, tal y como lo postula en Fundamentos de filosofía, “La palabra hablada viene a ser una forma de actividad corporal de límites no muy determinados, como sucede con las actividades saltar, brincar o correr” (Russell, 1975, p. 105). La palabra hablada en el lenguaje se convierte en acción tanto racional como corporal.

En Lógica y conocimiento, Russell había planteado la subjetividad de la experiencia mental, a su vez, expresaba que la descripción es la relación más cercana que podremos tener con las experiencias de otros seres humanos; pues, “La experiencia no es más que uno, aunque quizá el más característico y de mayor alcance de los fenómenos que acontecen en el mundo mental. Juzgar, sentir, desear, querer, aunque presuponen experiencia, no se identifican con esta última; pueden ser ellos mismos experimentados y requieren sin duda que tengamos experiencia de los objetos a que se refieren. Más en sí mismos no se reducen simplemente a experiencia de objetos” (Russell, 1966, pp. 226-227) Para este autor, el contenido de los estados mentales está dado por el conocimiento directo con el objeto y por las descripciones que se tienen sobre los mismos. No podríamos hablar de conocimiento si no hay descripción de lo que existe en la realidad.

En este sentido, se puede inferir que en la apuesta russelliana, el lenguaje nos permite, además de establecer una conexión entre mente y mundo, comprender los estados mentales en relación con los objetos del mundo mismo. De aquí que los datos psíquicos -al menos los de tipo cognoscitivo- no se componen de particulares, sino de ciertos hechos (es decir, de lo que enuncian ciertas proposiciones), dice Russell; es decir, lo mental, como esa esfera de lo subjetivo, sería inadmisible; lo mental, solo se podría considerar en relación con el conocimiento directo del mundo, y las relaciones que allí se dan se establecen a través de los términos que usamos para hacer referencia a tales objetos del mundo.

En palabras de Russell “Será preciso entonces que un sujeto S’ guarde tal relación P de presencia con un objeto que consista, a su vez, en una experiencia, experiencia que podríamos simbolizar mediante S-Cd-O. Así pues, tendremos en total una experiencia cuya expresión simbólica sería S’-P-(S-Cd-O)” (Russell, 1966, pp. 233-234) Es decir, las experiencias todas ellas, pueden ser expresadas a través del lenguaje. Nuestra mente tiene la capacidad de seleccionar los particulares fuertes que usamos para referirnos a los objetos y expresar las experiencias que tenemos de los mismos, a través del contenido de nuestras creencias, deseos, juicios, etc.

En la teoría Russelliana la relación entre mente y mundo está mediada por el lenguaje, y se hace mayormente evidente cuando el autor, en su filosofía del atomismo lógico expone que en el mundo existen hechos y creencias que se refieren a tales hechos, cuya referencia es a través de proposiciones. “Lo que yo llamo un hecho es algo que se expresa por medio de una oración completa […] y es la proposición el vehículo preciso de la verdad o la falsedad” (Russell, 1966, p. 258). En otras palabras, con el lenguaje no solo expresamos nuestros estados mentales, sino que contrastamos nuestras expresiones particulares y generales con la realidad para ver si las creencias que poseemos sobre los hechos del mundo son falsas o verdaderas.

Ahora bien, desde el abordaje de la teoría de Russell, se puede afirmar que el lenguaje es un hecho netamente social, además de ser el único vehículo para construir y comunicar conocimiento. Así se puede evidenciar la afirmación que plantea que: “El lenguaje, nuestro único medio para comunicar conocimiento científico, es esencialmente social, tanto en su origen como en sus funciones principales” (Russell, 1983, p. 18). De acuerdo con este planteamiento, se puede observar que en algo concuerdan todos los filósofos del lenguaje posteriores a Russell: en el hecho de que el lenguaje, bien sea como medio para entender y comunicar los fenómenos o como o)/ntoj constitutivo de la naturaleza del fenómeno mismo, se valida y perfecciona en su uso. En este sentido, si bien hay una esfera privada del lenguaje, la cual muchos autores han trabajado, la que realmente nos interesa es la pública; ya que “[…] El objeto principal del lenguaje es la comunicación, y para servir a tal fin debe ser público, no un dialecto privado de invención personal” (Russell, 1983, p. 18).

Al revisar ambas posturas se puede observar que, en comparación con Russell, el lenguaje para Kant es valioso por su uso en la comunicación y su relación con el conocimiento, pero no en la relación con la razón, pues es simplemente un elemento derivado de esta; su estudio del lenguaje está implícito al tema del conocimiento, como una herramienta sin la cual no es posible crear ni expresar el conocimiento; además de ser, aunque así no lo exprese, el elemento que permite las deducciones lógicas y los juicios para conocer los fenómenos y referirnos a ellos. Se trata de una cuestión implícita, en la cual ve el lenguaje como una herramienta en los procesos del entendimiento y la razón, herramienta a la cual no le dedica mayor atención de manera explícita en su obra, aun cuando estudia los juicios y en ellos los predicados para ver las contradicciones que suelen presentarse. De igual forma, el autor también logra en sus estudios mostrar que el concepto es siempre posible si no se contradice; con lo cual llega a postular, desde la posibilidad lógica, la diferencia entre el concepto y el objeto mismo. En otras palabras, el lenguaje es solo una herramienta en la construcción del conocimiento, un elemento secundario.

Para Russell en cambio, el lenguaje es un tema en el cual centra sus estudios analíticos, podría decirse que es el eje articulador de su obra. En este sentido, su estudio del lenguaje no solo lo realiza en relación con el conocimiento, sino que lo expone explícitamente como elemento fundamental de su postura epistemológica; así se puede evidenciar en su filosofía del atomismo lógico, para la cual la verdad de las proposiciones está relacionada con la existencia del objeto mismo al que se refieren tales proposiciones. En su apuesta analítica el autor manifiesta como eje y fundamento articulador y evaluador al lenguaje. De igual forma, se puede observar a lo largo de su obra el análisis del acto de comunicación, al cual dirigió parte de sus estudios; en estos analizó la palabra usada por el hablante y el oyente para determinar el papel que cumple el lenguaje y su uso en el propósito de la comunicación exitosa (además de la posibilidad de un lenguaje formal para evitar ambigüedades tanto en el conocimiento como en los procesos comunicativos)6.

Así, mientras para Kant la razón es el eje de su obra, para Russell es el lenguaje el elemento central de análisis y producción en la ciencia; por lo cual, este pensador inglés no solo realiza un análisis lógico de este, sino que también realiza un análisis físico en el cual compara la palabra hablada con la palabra escrita y la palabra escuchada a fin de dar cuenta del uso en cada una de estas fases del lenguaje; de igual forma, realiza un estudio psicológico de este con el fin de comprender la forma en que el sujeto desde su infancia logra, en primera instancia, la comprensión de las palabras que otros emiten y posteriormente llega a la emisión, por sí mismo, de tales palabras. Su estudio lo lleva a ver que las palabras que un niño en su primera etapa enuncia siempre están relacionadas con objetos en el mundo, por lo cual, manifiesta el autor, las asociaciones que realizamos los seres humanos entre la palabra y la cosa es la que permitirá posteriormente hablar de las palabras y su estudio del significado. No se trata de apartados sobre el lenguaje como palabras sueltas, sino sobre lo que esas palabras significan para quien las usa y escucha.

La relación entre razón y lenguaje en Russell -contrario a lo que se puede ver en Kant- se entreteje desde el proceso conductual que evidencia el hablante con el significado de las palabras que usa en su comunicación. Razón por la cual, “Podemos, pues, decir que una persona comprende una palabra escuchada en tanto que la ley de reflejos condicionados es aplicable, si los efectos de esa palabra son los mismos de la cosa significada” (Russell, 1975, p. 113). Es decir, el proceso racional para la comprensión y el uso del lenguaje se evidencia en términos del significado otorgado a las palabras usadas y se valida en su valor de verdad a partir del estudio de las proposiciones y su relación directa con el objeto al cual se refiere.

Lo anterior explica, pues, que el uso correcto de las palabras sea el factor que garantiza la efectividad en el proceso de comunicación. El lenguaje supera la simple emisión de sonido y se centra en el significado de la palabra o de la frase que se enuncia. Desde su estudio, Russell, muestra cómo los procesos iniciales de adquisición del lenguaje están dados desde la comprensión del significado, pues “La imitación se produce más tarde, luego que el niño ha descubierto que los sonidos poseen esa cualidad del ‘significado’” (Russell, 1975, p. 117). Es decir, no basta con tener las letras y los sonidos, sino de la habilidad y el uso de la racionalidad para lograr la comprensión de lo que tales grafos o sonidos significan. La teoría del significado, entonces, tiene una base subyacente en la asociación, y en este proceso se requiere del desarrollo de la razón. Por ello, es tan importante que los conceptos, los términos, las palabras y las frases se refieran a algo cuyo referente esté en el mundo, para poder asociar los significados de las palabras, términos, conceptos y frases a los objetos a los cuales se hace referencia, para lo cual el ser humano requiere de una facultad de manipular la forma y la estructura7.

Sin embargo, pese a las diferencias expuestas, al igual que Kant, Russell toma la razón como facultad; y propone que esta sea entendida como algo diferente a los estados mentales; la diferencia fundamental radica en que, como facultad humana, plantea Russell, no es perfecta ni acabada, debe ser desarrollada. De igual forma, en su distinción de los sucesos mentales, el filósofo afirma que estos no son de carácter racional; por lo cual, se ve una clara distinción entre suceso y facultad.

“Los sucesos mentales no son esencialmente racionales y no sabemos lo bastante del carácter intrínseco de los sucesos exteriores para decir si éste difiere o no de los sucesos exteriores ‘mentales’. Pero lo que nos indica a llamar ‘mentales’ a una determinada clase de sucesos y a distinguirlos de otros, es la combinación de la sensibilidad con la reproducción asociativa” (Russell, 1975, p. 454). Es decir, en la concepción russelliana de los estados mentales, el lenguaje permite tal combinación al lograr la reproducción asociativa, y si bien los sucesos mentales se evidencian a través del lenguaje, el autor es claro al mostrar que no son lo mismo que el lenguaje ni lo mismo que la razón8.

Para Russell la perfectibilidad de la facultad de la razón se evidencia a través del uso del lenguaje, es decir, a través de las expresiones que realizamos y las sentencias que usamos para describir nuestro comportamiento; por ello, como él mismo lo expresa, la filosofía del lenguaje es la más cercana al behaviorismo, y desde allí (desde el comportamiento), se puede trabajar una teoría fuerte en torno al lenguaje (postura que también asume Wittgenstein en sus Investigaciones filosóficas y posteriormente los pragmatistas). En este sentido, el comportamiento expresado manifiesta lo que hay en la mente y, por supuesto, permite a los demás darse cuenta de quiénes son seres racionales en este universo.

Ahora bien, en esta noción que ofrece Russell el lenguaje aventaja a los hombres sobre cualquier otro animal del mundo, porque gracias a este se logra avanzar en el conocimiento; gracias al lenguaje se tienen las ideas, y la razón es la que permite asociar tales ideas de manera lógica. Así, la racionalidad y el lenguaje permiten al hombre, según Russell, ser un ser aventajado frente a los animales que simplemente trabajan procesos mentales de estímulo-respuesta. La racionalidad y el lenguaje posibilitan la asociación de ideas, la comprensión del mundo, la comunicación coherente; pero, además, dotan al hombre de la capacidad volitiva. Es decir, para Russell, no hay volición sin racionalidad y sin lenguaje9.

“El aprendizaje por el ‘discernimiento’, por el contrario, no se ha observado jamás en ningún animal inferior los monos antropoides, aunque sería en extremo precipitado asegurar que no haya de descubrirse en los perros o en las ratas” (Russell, 1975, p. 92). La capacidad de discernimiento es algo natural, es una disposición con la cual algunos animales nacen; sin embargo, tal y como lo muestra Russell, para hablar del aprendizaje hay que remitirse al comportamiento y a la forma como se plantean soluciones a los problemas que se presentan en el entorno. Cuanto más complejo es el problema, mayor es el requerimiento de procesos racionales y uso del lenguaje, de tal forma se logra la capacidad volitiva frente a diferentes temas. En este sentido, es fundamental “[…] Establecer como criterio del discernimiento la apariencia de una solución completa con referencia a la disposición total del campo de acción” (Russell, 1975, p. 92).

De acuerdo con lo anterior, la racionalidad, según Russell, como facultad humana impera ante los procesos que se efectúan, no solo en el pensamiento, sino en el comportamiento. Para el caso de Kant, la razón se opone y se impone al entendimiento, es la que permite vigilar e imponer las normas de la lógica trascendental. Por lo anterior, en Kant no se puede decir que el lenguaje la perfeccione, ya que la primera se antepone e impone al segundo. En Russell, por el contrario, al trabajar con el comportamiento y las expresiones del mismo y de los sucesos mentales, podría decirse que, si bien es una facultad natural, está en nosotros como potencia y se desarrolla por el lenguaje: hablar, escribir, escuchar; es decir, el proceso comunicativo es lo que hace que seamos seres racionales, seres capaces de solucionar problemas, seres volitivos. El uso del lenguaje nos lleva al desarrollo de la razón.

Así, contrario a Kant, el uso del lenguaje prima en Russell10, y aunque la razón se impone como facultad humana, en ambos la concepción de facultad es diferente, lo que lleva a Russell a trazar un nuevo camino que tomarán pensadores como Wittgenstein y Austin, pensadores que trazan lineamientos en el giro lingüístico, que llevarán a Searle a plantear una nueva concepción sobre la razón humana. Así pues, el hombre usa palabras y frases, las dota de significado, las comparte, las escucha de otros y comprende el significado de la emisión de otros con el fin de lograr un proceso social y efectivo de comunicación; crea proposiciones y con estas devela la realidad al describirla11.

La dimensión pragmática del lenguaje y su relación con la razón

La filosofía del lenguaje ordinario cobra valor después del giro que revoluciona a la filosofía del lenguaje. La relación razón-lenguaje se da en el marco del uso del lenguaje, bajo el seguimiento de reglas, de lo que Wittgenstein denominó, los juegos del lenguaje. Así pues, con los diferentes discursos tejidos por los actos de habla, propuestos por Austin y Searle se inicia una nueva bifurcación entre pensamiento y lenguaje, pues si bien el primero no queda reducido al segundo; se puede decir que los análisis del lenguaje llevan a lo que hoy se conoce como filosofía de la mente, y los problemas de la mente terminan por ser develados en el uso del lenguaje, es decir, que mente y lenguaje permiten comprender mejor los procesos del pensamiento humano.

En esta nueva apuesta, la racionalidad no es el elemento central de la discusión en torno al uso del lenguaje, sino los usos de este en medio de procesos comunicativos. El análisis que inicia Austin sobre los tipos de enunciados lo lleva a abandonar la preocupación extrema de los filósofos del positivismo, de revisar y contrastar los enunciados fácticos con la realidad para verificar su valor de verdad, superando la falacia descriptiva y enfocando su atención en enunciados del lenguaje ordinario, para ver cómo se puede hacer cosas con palabras. La preocupación ahora es por aquellos enunciados que no son propiamente descriptivos (enunciados realizativos) con los cuales se va más allá de la palabra y se pasa a la acción12.

Esta es la nueva lógica de la relación entre lenguaje y racionalidad, en la cual, se trazan márgenes muy delgadas entre uno y otro. Y si bien Austin -y ante todo Searle- no consideran -como lo hizo Wittgenstein- que lenguaje y pensamiento son una y la misma cosa, si es evidente que continúan en semejanza con los planteamientos del pragmaticismo de Peirce13, y de planteamientos de Wittgenstein y Russell en sus etapas finales de pensamiento; no solo por el estudio del lenguaje ordinario enmarcado en juegos de reglas, sino porque no otorgan la magnanimidad que Kant otorgó a la razón.

En este viraje, las expresiones contractuales, las declaratorias y las órdenes son las que orientan los nuevos caminos en los que afloran los análisis de la pragmática. La búsqueda de sentido ya no se da desde la referencia constatativa, sino en la interlocución. Inicia un nuevo análisis del lenguaje; en el cual, se usa la lógica formal para comunicar el mensaje de manera efectiva y realizar las acciones requeridas en el mundo social -el cual, como mostrará Searle (1995) es construcción de la relación intencionalidad-lenguaje-; ya que la realidad social es producto de las acciones intencionales que realizamos con las palabras. Ahora el “debe” es tanto o más importante que el “es”. Las palabras demarcan acciones, y cada emisión de una palabra que invoque un acto performativo nos lleva directamente a un hecho en el mundo. “Bautizar”, “apostar”, “declarar”, “jurar”, etc., nos marcan la acción realizada y se devela toda la parte social del lenguaje y con esta su significado.

[…] Expresar las palabras es, sin duda, por lo común, un episodio principal, sino e episodio principal, en la realización del acto (de apostar o de lo que sea), cuya realización es también la finalidad que persigue la expresión. Pero dista de ser comúnmente, si lo es alguna vez, la única cosa necesaria para considerar que el acto se ha llevado a cabo. Hablando en términos generales, siempre es necesario que las circunstancias en las que las palabras se expresan sean apropiadas de alguna manera o maneras (Austin, 1962, p. 51)

Ahora bien, tal y como se expuso párrafos atrás, una filosofía que se enmarque en el análisis del uso del lenguaje y los múltiples juegos en los que lo usamos -así como los actos de habla que usamos a diario en la comunicación- es algo que también habían trabajado Peirce y Wittgenstein, solo que ahora, tanto Austin como Searle, dirigirán el foco de su atención específicamente a los actos de habla. El lenguaje ahora es creador, además de ser el revelador de la intencionalidad, y pasar a convertirse en actos en el mundo. Es decir, el lenguaje ya no solo es visto como el elemento esencial de la comunicación, ni como la herramienta necesaria para describir y nombrar la realidad y sus fenómenos; sino que es el que hace posible la existencia de los fenómenos sociales14.

La racionalidad, en la teoría de actos ilocucionarios no opera en la imposición de principios trascendentales imperativos como lo expuso Kant, ni en la creación de principios directrices como lo planteó Peirce, sino que su función desde la lógica misma apunta a analizar la proposición en relación con el acto para determinar si el acto de habla es fallido o tiene éxito, y ver qué elementos son los que se constituyen como neurálgicos para que la proposición efectivamente sea realizativa. El nuevo análisis no solo revisa la estructura sintáctica y semántica de la proposición, sino que establece la relación de la emisión de estas con los estados mentales de quienes las emiten, así como también establece la relación entre dichos estados y las consecuencias de estos en el mundo. Se establece, entonces, una filosofía analítica en la que se propende por el estudio de la relación mente-lenguaje-mundo.

El uso del lenguaje ordinario en los actos de habla lleva a Austin a iniciar un estudio en el cual supera el análisis de la proposición per se desde la lógica para buscar un sentido o un referente, y pasar a ilustrar un camino que florece en el análisis del acto lingüístico. Este nuevo análisis del lenguaje exige, entonces, de un análisis de los estados mentales del hablante, así como de las circunstancias en las cuales se emite el acto, las consecuencias de la emisión y, por supuesto, la estructura lógica del acto mismo, con el fin de determinar la efectividad del acto y su realización en el mundo15.

Así, la distinción planteada por Peirce entre acto, significado y referencia es retomada por Austin y Searle en sus estudios del lenguaje ordinario. De igual manera, los estudios de estos filósofos contemporáneos plantean las relaciones entre enunciados y con estas develan los estados mentales de los hablantes; por lo cual, se puede decir que la línea del pragmatismo o, como diría Peirce, del pragmaticismo nos lleva obligatoriamente al campo de las relaciones entre lenguaje y mente (algo que en su obra el filósofo estadounidense John Searle ha logrado desarrollar).

Searle: la pragmática del lenguaje como crítica a la razón imperativa

La relación lenguaje-razón se hace evidente en todas las teorías de los autores trabajados. Hasta Austin, la razón era concebida como una facultad natural imperante en el pensamiento humano, la cual a su vez se distingue de cualquier estado mental. Si bien Kant había expuesto en su Crítica de la razón pura, así como en su Crítica de la razón práctica, a la Razón (Vernunft) como facultad imperante en el ser humano, la cual dirige y orienta a las acciones a través de los imperativos categóricos que solo ella reconoce; autores como Peirce, Russell, Wittgenstein y Austin, intentan alejarse de dicha concepción, aunque en realidad no lo logran en su totalidad. Tal vez se separen un poco de esa lógica imperativista de la razón trascendental, y avanzan en su concepción al reconocerla como facultad no perfecta; la cual, requiere continuar su desarrollo a través del uso del lenguaje; sin embargo, sus estudios no logran dar cuenta de una concepción de razón diferente a la propuesta por Kant; puesto que, todos continúan concibiéndola como una facultad propia a la naturaleza humana. Facultad que regula y crea los principios de la lógica, y la cual es necesaria a la hora de analizar el lenguaje tanto en el discurso de la ciencia, como en el discurso que procede de todo uso del lenguaje ordinario.

Pues bien, con Searle, la concepción de razón cambia; este pensador no concibe la razón como facultad humana, sino como una cualidad de la Intencionalidad, la cual se desarrolla gracias al lenguaje. La teoría de los actos de habla plantea una nueva relación entre el lenguaje y mente, ante todo, inicia un nuevo planteamiento frente a la relación lenguaje- razón. Para Searle la pregunta planteada, ¿existe pensamiento sin lenguaje? debe ser solucionada en la relación existente entre las expresiones que usamos y nuestros estados mentales16. “Típicamente, los actos ilocucionarios tienen que ser realizados intencionalmente” (Searle, 1998, 137)17, para Searle, el lenguaje hace posible expresar los estados que hay en la mente, ya que se deriva de la intencionalidad humana más básica; por ello “ existe una conexión en la estructura lógica de los estados mentales […] esta conexión es conceptual entre conciencia e intencionalidad, y esto trae como consecuencia que una teoría de la intencionalidad requiere dar cuenta de la conciencia” (Searle, 1992, 132).

Los estudios iniciados por Searle, en Speech Acts, si bien continúan en la línea del análisis de las dimensiones del acto lingüístico, iniciados por Austin18, se enmarcan en el hablante y con ello en sus estados mentales, específicamente en la intencionalidad que cada acto devela. El análisis del lenguaje, en este nuevo planteamiento se realiza en la relación lenguaje-intencionalidad, más que en la relación lenguaje-razón19.

Al igual que el Wittgenstein de las Investigaciones, Searle también considera que todo lenguaje está regido por reglas. Pues “Hablar un lenguaje es hacer parte de una forma de comportamiento (demasiado complejo) gobernada por reglas. Aprender y tener maestría en un lenguaje es (entre otras cosas) aprender y haber dominado esas reglas” (Searle, 1992, p. 12). En este sentido, las reglas son las que hacen posible el lenguaje y quienes hacemos parte de una comunidad lingüística X debemos conocer, aprender y manipular las reglas del lenguaje para que los actos lingüísticos sean afortunados en el proceso de comunicación. Sin embargo, Searle no se queda en el seguimiento mecánico del dominio de reglas, él va más allá y lo lleva al campo de lo mental; para su estudio tiene la hipótesis de considerar el lenguaje “como un comportamiento intencional gobernado por reglas para explicar la posibilidad de, no para proveer evidencia para, las caracterizaciones lingüísticas” (Searle, 1992, p. 16). Asimismo, el reconocimiento de los diversos significados (literal y contextual) de un término en uno u otro enunciado es un proceso que se realiza gracias a los estados mentales, los que en sus condiciones de satisfacción tienen un sustento que subyace a todos, lo que el autor denominó: Background. “El significado literal de una oración solo determina un set de condiciones de verdad que tiene detrás un set de prácticas y asunciones de brackground” (Searle, 1980, 227)20.

El uso del lenguaje en los actos de habla implica el seguimiento de reglas, además de la intencionalidad del hablante. En la teoría searleana el lenguaje es un tipo de comportamiento, que al estar gobernado por reglas incluye condiciones necesarias y suficientes para que se logren procesos de comunicación afortunados y con significado. Este filósofo dedica sus esfuerzos al estudio de los actos ilocucionarios, siguiendo la línea de las expresiones realizativas, que había estudiado su amigo y antecesor Austin. Enunciar, preguntar, ordenar, prometer, entre otros., son el tipo de actos de habla que le interesan, solo que ahora se centrará en la intención del hablante para develar su significado; el cual está dado por la intencionalidad de quien emite el acto. Es decir, que en el análisis manifiesta cómo el acto de habla no hace referencia a las palabras que se profieren en el mismo, sino al hablante que lo emite.

Los procesos de comunicación de los agentes partícipes de la misma involucran al hablante en el uso de las reglas del lenguaje, pero además lo comprometen con lo que expresa. Por ello, en las acciones realizativas la fuerza está en la intencionalidad, más que en la razón. El uso de la lógica en el lenguaje ordinario lleva al análisis del sentido de lo que el hablante quiere expresar. Así, en este sentido, contrario a lo expuesto por Kant, la intencionalidad es lo que orienta el verdadero sentido de los actos ilocucionarios. No se trata de que la razón se imponga imperativamente; ahora lo hace la intencionalidad. En las expresiones o actos de habla es el lenguaje mismo el que se impone al hablante para que este asuma un compromiso con la emisión realizada. La emisión de una promesa, por ejemplo, obliga, desde el uso del lenguaje mismo, al hablante a cumplir con su promesa, lo cual exige que el hablante conozca las reglas que rigen su acto promisorio y que efectivamente sea un acto sincero para que sea afortunado.

En la teoría searleana, el análisis del indicador de la fuerza ilocucionaria es el que permite dar cuenta del verdadero sentido de la emisión del hablante. La fuerza ilocucionaria marca y compromete al hablante en el acto mismo, y es la que hace efectivo el acto. El análisis, entonces, oscila entre la sintaxis y la semántica, pues las reglas y la fuerza intencional que impone el hablante es la que permite que se realicen situaciones de habla efectivas. Ahora, el acto de habla se constituye en la razón por la cual el hablante asume su obligación con la emisión del mismo. El lenguaje es el que impera. Searle expone en múltiples ejemplos cómo al X prometer Y está en la obligación de realizar Y. Cuando X promete que irá a algún sitio, lo que se asume es que efectivamente X irá al sitio; por lo cual, la emisión de la promesa lleva a X a ir al sitio que prometió. El acto entonces, tal y como lo expondrá Searle, para ser afortunado requiere de una serie de condiciones, entre ellas, la condición de sinceridad asumida por el hablante. La teoría de los actos de habla emprende un giro en torno al estudio del lenguaje. Los actos ilocucionarios nos enmarcan en el estudio de la mente, cuyo objetivo, al develar la fuerza ilocutiva, es develar la intencionalidad del hablante21.

En su aporte sobre el estudio del lenguaje, Searle plantea la distinción entre las reglas regulativas y las reglas constitutivas. Para este pensador, “[…] Las reglas regulativas regulan independiente o antecedentemente formas de comportamiento […] Pero las reglas constitutivas no regulan meramente, ellas crean o definen nuevas formas de comportamiento” (Searle, 1969, p. 33); distinción que permite ver que el lenguaje no es simplemente el seguimiento de reglas estructurales, sino que este mismo es creado por reglas, sin estas no podemos hablar de la existencia del lenguaje. Esta distinción llevará, posteriormente al autor a mostrar cómo el lenguaje es el que permite crear las Instituciones sociales.

El seguimiento de las reglas regulativas nos permite convivir socialmente, así como el de las reglas constitutivas, las cuales crean cierto tipo de fenómenos sociales. Sin estas últimas, algunas realidades, como es el caso de la institución del dinero o del matrimonio, no existiría. Así mismo, las reglas constitutivas tienen en sí establecidas reglas regulativas para que tales instituciones funcionen22. Para el caso específico de las instituciones que el autor menciona, son los actos de habla los constituyentes de dichas realidades23.

Ahora bien, si el lenguaje es un sistema regulado, vale la pena recordar lo planteado por Russell en Fundamentos de filosofía, acerca del cuestionamiento de la similitud que tenemos los seres humanos con los simios -planteamiento tomado de Wolfgang Köhler y sus investigaciones entre 1917 y 1921, acerca de cómo ellos no poseen un lenguaje complejo como el nuestro-, pues valdría la pena volver sobre si ello es cierto; ya que para Searle, la diferencia entre los animales con un sistema nervioso similar al nuestro es una diferencia de grado; un grado mayor de desarrollo en los estados mentales se manifiesta en el uso del lenguaje.

En diferentes conferencias, el profesor de Berkeley, expone que, en el seguimiento del comportamiento animal, desde la observación que ha realizado a diversos caninos, ha podido observar que estos son inteligentes, y que, además, tienen conciencia (claro está, una conciencia en grados inferiores a la que manejamos nosotros). En este sentido, podríamos inferir que, en las investigaciones de Searle, la neurofisiología daría sustento a la filosofía no solo de la mente, sino del lenguaje. Pero, el lenguaje sí bien es creado gracias a la biología que poseemos, también tiene un carácter social, y es en la convencionalización y uso del mismo donde podemos ver dicho aspecto.

Sería, entonces, necesario devolvernos a la pregunta orientadora de este capítulo, en torno la teleología del lenguaje y de la razón, para ver si en la teoría searleana fue primero la razón o el lenguaje. Por lo expuesto hasta el momento, podemos inferir que la razón no es la privilegiada, pues en toda su obra el lenguaje ha sido el eje central para la comprensión de la mente, del mundo y de la realidad social. La razón, por el contrario, es un tema al que dedica atención en su obra Rationality in Action al criticar el modelo clásico de racionalidad y evidenciar las flaquezas del mismo.

Hacia una nueva concepción de la racionalidad.

El análisis de Searle, al igual que el de Russell, en torno a la capacidad racional de los animales y al uso del lenguaje, tienen como punto de partida los estudios realizados por Köhler (1989), en los cuales este pensador mostró la capacidad racional de los simios y cómo logran tomar decisiones. Para Russell la toma decisiones, la facultad de la voluntad, es la que evidencia la racionalidad, aseveración que realiza apoyado en Köhler. Para Searle, dicha teoría es insuficiente para explicar los procesos de racionalidad; ya que, si bien el simio puede tomar decisiones para obtener los plátanos que desean, no pueden hacerlo proyectándose al futuro, ni teniendo en cuenta la organización del tiempo, pues las decisiones de los simios no van más allá del presente inmediato. Asimismo, es claro, según Searle, que un simio no puede considerar las razones que lo llevan a realizar una acción, razones que para el simio están supeditadas al deseo. “Pero en el caso de los seres humanos, resulta que tenemos un gran número de razones que no son deseos. Esas razones independientes de los deseos pueden formar la base para los deseos, pero el hecho de que sean razones no depende de que estas se basen en deseos” (Searle, 2001, p. 15).

La racionalidad exige de procesos de análisis, los que a su vez requieren del uso de la lógica y del lenguaje, pero no de la mera simbología, sino de un lenguaje elaborado cuya sintaxis y semántica permitan comprender la realidad en que habitamos y construir entornos sociales. De igual forma, exige de un reconocimiento en el tiempo, para asumir las responsabilidades adquiridas en la toma de decisiones. Moverse en el tiempo, visualizarse en el futuro, pensar en las consecuencias y asumir en el futuro la decisión tomada en el pasado. En esta apuesta por otra concepción de la racionalidad no se trata de afirmar que el lenguaje sea la condición suficiente para la existencia de la razón, pues, como lo advertimos párrafos atrás, para Searle la razón es una cualidad de la Intencionalidad como estado mental.

El asunto es que la mera capacidad de simbolizar no puede producir por completo la racionalidad humana. Lo que es necesario […] es la capacidad para realizar ciertos tipos de representación, y, me parece que, para dichos tipos no podemos hacer una distinción clara entre capacidades intelectuales que expresan en la notación y el uso propio de la notación misma (Searle, 2001, p. 16).

Por lo cual, el lenguaje se constituye en un elemento necesario en el desarrollo de la racionalidad, aun cuando no es suficiente. Es decir, que el lenguaje posibilita el ejercicio de una cualidad que pertenece a la intencionalidad, mas no depende de la racionalidad, ni es creada por esta; así como tampoco se puede afirmar que la racionalidad se reduzca a este. En el mismo sentido, para Searle, el lenguaje se constituye en un elemento fundamental a la hora de exponer las razones -y como razón misma- ya que nos obliga a asumir compromisos en el uso del mismo24.

Los problemas clásicos de la racionalidad están enmarcados en la estructura lógica que la evidencia. Desde Descartes la racionalidad está en relación con las características lógicas que se requieren para organizar nuestra estructura mental; del mismo modo, las posturas clásicas abordan la racionalidad desde la voluntad, como bien lo expuso Russell, y desde los problemas del libre albedrío, los cuales habían sido expuestos por Kant (problemas que también fueron abordados por Hume desde las relaciones causales). Para otros pensadores, los mismos problemas son trabajados desde los principios de la lógica se deben imponer en la toma de decisiones. Para dichos problemas que trae consigo la definición tradicional de racionalidad, en la cual, desde diversas posturas están autores como Aristóteles, Hume y Kant; Searle expone su postura crítica frente a la reducción de la razón en lo que evidencia la acción. Para este filósofo la acción evidencia una relación mente-lenguaje-mundo, es decir, es una evidencia de estados mentales como la conciencia y la intencionalidad, y no una evidencia de la racionalidad.

Por lo anterior, para Searle, la estructura tradicional bajo la cual se ha trabajado el tema de lo racional debe ser revisada. En su estudio expone seis falencias de la teoría tradicional de la racionalidad. Para este pensador entonces:

  1. Las acciones racionales no son causadas por creencias y deseos. En general, solo las acciones irracionales o no racionales son causadas por creencias y deseos.

  2. La racionalidad no es enteramente, ni incluso en gran medida, una cuestión que consista seguir reglas de racionalidad.

  3. No existe una facultad separada de la racionalidad. (No puede haber una facultad separada, que se llame razón, distinta a las que tienen que ver con el lenguaje, el pensamiento, la percepción y la intencionalidad, ya que las constricciones racionales hacen parte de la estructura interna de la intencionalidad en general y del lenguaje en particular.)25

  4. La debilidad de la voluntad es una forma común y natural de irracionalidad. Es una consecuencia natural de la brecha. (El trasfondo restringe el sentido de posibilidades que pueda tener; así, las limitantes naturales y culturales restringen las posibilidades que están abiertas en determinado tiempo. Y entre el deseo y la decisión hay una brecha, así como la hay entre la decisión y la acción. Por ello, la razón para actuar es independiente al deseo y a los mismos estados intencionales).

  5. Contrario al modelo clásico el deseo es independiente a las razones para la acción. (las razones son creadas intencionalmente e independientemente del deseo. En las acciones realizadas, más que el componente sicológico por el que propende la teoría tradicional de la razón existen componentes como el conocimiento que puede llegar a ser una razón para actuar. Searle cita el ejemplo de la persona que entra al bar y pide una copa de vino. El conocimiento de los hechos sociales de saber que en el bar cuando se consume algo se debe pagar lleva a que se asuma el compromiso social de pagar el vino que ha bebido, más que el deseo de pagarlo que puede generarle haberlo bebido. En este punto el autor retoma su teoría de actos de habla (1969) para exponer el argumento del paso del “debe” al “es” y con ello mostrar que el lenguaje también se convierte en una razón para actuar).

  6. Las razones inconsistentes para la acción son comunes y de hecho inevitables. No hay un requerimiento racional al hecho de que la toma de decisión racional tenga que iniciarse con un conjunto de deseos y otras razones primarias para actuar. (Searle, 2001, pp. 25-43)

Los anteriores argumentos son analizados por el autor y presentados como razones insuficientes para sustentar la teoría tradicional de la racionalidad; son argumentos equívocos que deben ser revisados. Por lo cual, este filósofo emprende la tarea de mostrar que el error está en considerar una concepción equivocada de la intencionalidad, concepción que se ha manejado a lo largo de la historia. El problema, según Searle, radica en que toda la tradición asumido una definición de la intencionalidad sin tener como referentes estudios científicos, los cuales dieran cuenta de este estado mental; por ello, no realizar un análisis profundo de la mente al construir una teoría de la razón es caer en un error, ya que la racionalidad es simplemente una cualidad de la intencionalidad humana. Máxime si este estado mental, como los demás, están en relación íntima con el uso adecuado del lenguaje para lograr producción de conocimiento y justificación en las creencias, dado que el reporte de las creencias y de la intencionalidad es expresado en actos de habla que develan los niveles de racionalidad alcanzada por los hablantes. “El modo intencional de las creencias es un reporte presente en la proposición que se expresa sobre un estado intencional” (Searle, 1983, p. 189). Por lo anterior, tener una teoría de la mente y una teoría de la acción llevarían a comprender los problemas que se plantean en la teoría de la racionalidad, especialmente en la teoría de la razón práctica.

Si la racionalidad se evidencia en las acciones, tal y como lo han expuesto Kant, Köhler y otros autores que continúan en la línea clásica de la propuesta de la razón práctica, entonces, expone Searle, la solución está en comprender la estructura de las acciones mentales y ver cómo estas llevan a las acciones corporales. En este sentido, lo primero que hay que entender es la estructura de la intencionalidad y ver en esta la intención, como estado mental intencional, para pasar al estudio de la intención en la acción. Ya que para Searle, la razón no es la que dirige las acciones, sino el contenido intencional del estado que el sujeto posee y el uso del lenguaje. “Digo que existe un contenido intencional intrínseco en mí, el contenido semántico de la regla que está funcionando causalmente para producir mi comportamiento” (Searle, 2002, p. 111).

Así, este analítico en su planteamiento propone hacer la revisión de los estados intencionales, pero no solo en su dimensión sicológica sino la proposicional. Con ello, inicia el proceso de análisis de la teoría clásica de la razón, al cual dedica parte de su obra Rationality in Action (2001). Es decir, 32 años después, expone sus investigaciones sobre la razón y se vuelca nuevamente sobre la teoría de los Actos de Habla. De esta manera, retoma lo expuesto en 1969 a lo largo de su trabajo. Su teoría sobre los actos de habla fue la que lo llevó en 1983 a iniciarse en estudios sobre la mente y proponer su teoría emergentista sobre los estados mentales con su texto Intentionality.

En la relación mente-lenguaje se evidencia una nueva concepción que se enmarca en estudios interdisciplinares desde la filosofía del lenguaje y las neurociencias. Para el filósofo estadounidense, toda creencia, deseo y temor, tienen un contenido bien sea en forma de afirmación, pregunta, promesa u orden, según sea al caso, y para entenderlos es preciso analizar proposicionalmente los contendidos de los estados mentales, saber cómo se producen en la mente y cómo los usamos en el mundo (aunque el autor manifiesta que en el caso de los estados intencionales como el amor y el odio no tienen un contenido proposicional).

Pues bien, para Searle, en este giro de la relación lenguaje-mente, se plantea una serie de elementos que permiten hacer o no efectivo el acto de habla. Estos elementos en el uso del lenguaje posibilitan la relación mente, lenguaje y mundo según el estado mental que se posea. Por ello, el autor, plantea como elementos necesarios en tal relación: la dirección de ajuste y las condiciones de satisfacción. Para el caso de los estados mentales intencionales, como el caso de las creencias los deseos y las intenciones, que son los que están directamente relacionados entre sí en los procesos racionales -los dos primeros expuestos por la teoría tradicional y el último planteado por Searle- es preciso que se lleven a cabo en el mundo para afirmar que el acto fue afortunado; pues, si la racionalidad ha de evidenciarse en la acción, entonces es preciso que el acto mental sea evidente en el acto corporal. Así, la conducta de una persona que tiene la intención de hacer algo tiene que tener un contenido que encaje con dicha intención de tal forma que se satisfaga. Es decir, debe llevarse a cabo. Por ello, para el filósofo estadounidense, “La intención-en- la-acción está internamente relacionado con el movimiento del cuerpo, porque no podría ser esta clase de experiencia si esta no causara típicamente esa clase de movimiento corporal” (Searle, 2015, p. 130).

La teoría de la mente de Searle, con su fundamento neurofisiológico, permite comprender que la razón no es una facultad del entendimiento predeterminada, ni concedida conceptualmente con formas a priori; por el contrario, permite ver que el uso regulado de conceptos lleva al desarrollo de una racionalidad. Podría decirse que es una concepción de racionalidad pragmática, en la que la intencionalidad y en especial, la intención orienta tanto las acciones de los procesos mentales, como las acciones corporales, dado que “la acción justo consiste en la intención en la acción más el movimiento corporal […] lo cual se evidencia en una relación causal: (Action) = pi→ (ia→

BM)26” (Searle, 2010, 35).

Mientras en las creencias se presenta una dirección de juste mente-mundo, en los deseos y las intenciones la relación se da mundo-mente. En ambos casos, el lenguaje es el que permite que tal relación sea efectiva. Así “Las nociones de condiciones de satisfacción y dirección de ajuste se aplican las dos entidades mentales y lingüísticas” (Searle, 2001, p. 52). Por lo cual, el autor expone que existe un paralelismo entre la naturaleza de la mente y la naturaleza de los actos lingüísticos. Por lo anterior, en la filosofía de la mente y del lenguaje el autor centra su atención en la causación intencional, la cual es la que da cuenta de los procesos racionales.

De acuerdo con lo anterior, la dirección de ajuste además de ser esencial para comprender la relación entre la intencionalidad y el mundo es esencial para comprender las acciones que se efectúan en el mundo; es decir, para develar los procesos racionales que realizan los sujetos, los cuales se evidencian en las acciones. Ahora bien, en este proceso mental es fundamental trabajar con la dirección de ajuste en relación con la dirección de causación; ya que esta última permite comprender cuál es el estado mental que ha llevado a la realización de tal acción, y descubrir que en la intencionalidad la intención es el estado mental central que lleva a alguien a realizar una acción, cuyo ejercicio mental devela la racionalidad.

De esta manera, Searle plantea una teoría de la acción, en la cual la racionalidad, como cualidad de la intencionalidad, se evidencia simplemente en el uso correcto del lenguaje, así como en el logro de unas condiciones de satisfacción y de causación que se evidencian en las acciones realizadas; acciones que deben ser voluntarias. En este punto, tanto Kant como Russell y el mismo Searle tienen puntos en común en su teoría, pese a las diferencias evidentes que se han presentado, y es que los tres plantean como condición de la racionalidad el ejercicio de la voluntad27.

Las investigaciones realizadas en la teoría de la intención, específicamente en la estructura de la volición, remiten al autor a considerar paso a paso desde la causación hasta la acción la existencia de tres brechas. Una primera brecha entre las deliberaciones y las intenciones previas que terminar por ser el resultado de tal deliberación. Una segunda brecha, entre las intenciones previas y la intención-en-la-acción. Es decir, la brecha se da entre la decisión de hacer algo y efectivamente hacerlo; y una tercera brecha entre la intención-en-la-acción y el movimiento del cuerpo al realizar la acción. Con el fenómeno de la brecha el autor plantea que la intención es una condición necesaria para la realización de la acción, más no es una condición suficiente para el éxito de la acción misma.

Ahora bien, podría decirse que en la relación mente-lenguaje-mundo, planteada por Searle se procura una relación de encadenamiento no lineal: intencionalidad-razón-Intención-lenguaje-brecha-intenciónprevia-brecha-‘intención-en-la-acción’-brecha-acción. Una relación en la cual, la intencionalidad como forma básica de la mente jalona todos los procesos mentales hasta llegar a la acción. La racionalidad como cualidad de la intencionalidad se desarrolla por el uso del lenguaje, y este, a través del acto de habla pasa a ser el contenido de la intención.

La intención como estado mental intencional es producto del proceso racional de la intencionalidad, el cual deriva en lenguaje, y este a su vez dota de contenido al estado mental mismo. Cuando el agente realiza una acción X inicia un proceso mental, que, además del proceso anteriormente descrito, tiene como punto de partida una intención previa. Ahora bien, antes de poseer como referente causal una intención previa se manifiesta un acto volitivo, él exige de procesos de deliberación en los cuales intervienen elementos como: lenguaje, razón y una serie de conocimientos de los cuales el agente es consciente. Así, luego de un primer proceso de deliberación surge una brecha, entre los deseos, las opciones dadas por la serie de conocimientos e informaciones y la intención previa. En esta fase del proceso, la intención previa se enmarca como dirección de causación para la acción X. Ahora bien, entre la intención previa y la intención-en-la-acción se produce una nueva brecha, en la cual el lenguaje y la racionalidad actúan como eslabones de la cadena para desembocar en la acción. Por último, la tercera brecha entre la intención-en-la-acción y la acción X se evidencia en un movimiento corporal, el cual se describe proposicionalmente. Asimismo, expone, en 2015, que la intención-en-la-acción no solo está presente en el proceso racional de toma de decisiones, que conllevan a movimientos corporales sino en los mismos procesos mentales, dado que, en su teoría de la percepción, afirma que es la intención la que lleva a tener una experiencia de percepción; pues hasta las experiencias visuales tienen intrínsecamente procesos intencionales para ser realizados. “Las experiencias perceptuales tienen una intencionalidad intrínseca específica” (Searle, 2015, p. 133). Es decir, que sin intencionalidad no habría percepciones.

Este proceso intencional, anteriormente descrito, es el que hace posible el desarrollo de la racionalidad, por ello, solo así se entiende que la razón no sea una facultad natural humana, sino una cualidad de la intencionalidad que requiere desarrollo a través del uso de un lenguaje complejo. Atendiendo a la teoría de Searle, y a su crítica de la teoría tradicional de la racionalidad, puede comprenderse por qué para el autor no puede hacerse un estudio de la razón separada de la mente y sus estados, así como tampoco puede hacerse dicho estudio separado del lenguaje. Si la razón se evidencia en la acción, entonces hay que indagar por los procesos mentales que se requieren para lograr con éxito la acción misma.

Esta nueva concepción sobre la racionalidad planteada en 2001 es la base para los planteamientos de Searle (2015) en su teoría de la percepción; en la cual el autor asegura que el lenguaje se deriva de la forma más básica de intencionalidad que hay en la mente, y la forma más básica de intencionalidad pasa a ser, no solo la causa de las acciones intencionales, sino el contenido de las experiencias perceptuales. Cada acción requiere del paralelismo planteado entre actos lingüísticos y acciones mentales, y en tal relación la razón no es más que una cualidad de la intencionalidad, la cual se evidencia en el uso del lenguaje y en el comportamiento del agente.

En otras palabras, desde Russell hasta Searle, la filosofía analítica ha intentado plantear una concepción racional fundamentada en el uso del lenguaje y su estructura lógica. Un intento materializado en Searle, para quien la razón pasa a ser producto derivado de procesos mentales, en los cuales interviene el lenguaje. Así, entre mayor sea la complejidad del lenguaje y más cuidadoso sea el mismo, más racionalidad se puede evidenciar el sujeto. Los procesos racionales de un sujeto x se evidencian no solo en los contenidos lingüísticos de sus estados mentales, sino en las acciones mismas que realiza el sujeto, las cuales son causadas por la intención-en-la acción y no por la razón trascendental que expuso la filosofía de la tradición.

Asimismo, la postura emergentista de Searle, sustentada en la neurofisiología, permite comprender la racionalidad humana, como un proceso que el ser humano realiza en la relación mente-lenguaje, y no queda como una juez impuesta y, quizá sobre impuesta al ser humano mismo. Por ello, una racionalidad pragmática, permite el reconocimiento del ser humano que la alcanza, y no la imposición trascendental, que puede dar lugar a pensar en un “ente” que orienta al hombre, cuál si esta fuera algo aparte de él

Referencias bibliográficas

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Se puede observar que el tema del lenguaje y la racionalidad está íntimamente ligado al tema del conocimiento, aunque, como se verá más adelante, no solo en Kant se halla esta relación, sino en autores como Russell, Wittgenstein y muchos otros pertenecientes al llamado giro lingüístico, como es el caso de Searle.
En la teoría kantiana la razón antecede al lenguaje, puesto que opera como juez sobre el entendimiento y sobre los conceptos que este crea. Sin esta facultad no existiría la lógica trascendental, por ende, no podríamos regular el pensamiento. No sería posible desarrollar conceptos, ya que estos requieren de una actividad analítica, actividad que a su vez requiere que la razón opere en relación con el entendimiento para generar los conceptos puros o categorías; por consiguiente, sin la facultad de la razón no tendríamos acceso al conocimiento de los fenómenos, ya que no tendríamos ni categorías, ni representaciones de objeto; además, careceríamos de intuiciones puras como lo son el espacio y el tiempo.
El ejercicio de la deducción trascendental lleva a evidenciar claramente la relación racionalidad-lenguaje y su importancia en el conocimiento. Descubrir que, desde la perspectiva kantiana, el lenguaje no es una cuestión de actitud, como lo expondrá más adelante Russell, sino un proceso racional que es propio a los elementos trascendentales del entendimiento y de la razón. No se trata de evidenciar el mundo, sino de conocer los fenómenos con los conceptos que lo representa y de producir juicios sobre tales fenómenos para generar conocimiento.
Téngase en cuenta este término como el enunciado en cuanto tal (Urteil) y no como la capacidad de juzgar (Urteilskraft).
De esta forma, la razón, al ser una facultad humana, es una facultad natural, la cual busca los conceptos con los que conocerá los fenómenos, y regula en el entendimiento la razón suficiente del conocimiento: el lenguaje. “Así, pues, el modo natural de proceder de la razón humana es éste. Primero llega al convencimiento de que existe algún ser necesario. En éste reconoce una existencia incondicionada. Luego busca el concepto de lo que es independiente de toda condición, la condición suficiente de todo lo demás, es decir, en aquello que contiene toda realidad” (Kant, KrV, A587/B615). La razón es la que permite unificar el concepto de un ser particular con el concepto del ser supremo, por lo cual, este concepto supremo acaba por ser el fundamento primario de todas las cosas (en tal sentido, que existe de modo absolutamente necesario).
Si bien el problema del conocimiento en Russell se trabaja desde el análisis de las proposiciones y su valor de verdad, para comprender los particulares y los predicados como átomos del conocimiento, es evidente que el autor no descuida el estudio del lenguaje en su uso ordinario. Por ello, afirma que: “A fin de que el lenguaje pueda servir a su propósito no es necesario, como tampoco es posible, que las palabras oídas y las habladas sean idénticas; pero es necesario que cuando un hombre pronuncia diferentes palabras escuchadas sean diferentes también, y que cuando pronuncia la misma palabra en dos ocasiones, la palabra escuchada sea aproximadamente igual a ambas” (p.109). Es decir, que el uso del lenguaje y la coherencia del hablante con su emisión y el oyente con las palabras comprendidas y usadas para la comunicación harán efectivo el proceso mismo de comunicar el mensaje.
La relación entre racionalidad y lenguaje está dada por los procesos que se llevan a cabo en el uso del segundo y la función que desempeña la primera en este proceso y uso. Comprender el significado de las proposiciones empleadas para la comunicación exige entonces de procesos racionales. En este sentido, la relación razón-leguaje permite tener una comprensión del mundo, comprensión que se evidencia en los procesos comunicativos.
Lo anterior nos lleva a inferir que la razón, tanto para Kant como para Russell, como facultad humana está en relación con la dia/noia, con el conocimiento discursivo. Pese a las diferencias en la concepción de tal facultad está en estrecha relación con el lenguaje. Sin embargo, es preciso aclarar que para Kant la razón, como facultad humana, actúa como juez, formuladora de principios y categorías del entendimiento humano; mientras para Russell es la facultad del ser humano que le permite actuar, hablar, comprender y escribir de manera lógica en el mundo, es decir, es la facultad que nos dota de inteligencia. Una facultad que es perfectible, más no perfecta como lo es para Kant.
En su distinción del hombre y el animal, Russell, apoyado en Köhler (Cfr.Köhler, W. (1989). Experimentos sobre la inteligencia de los chimpancés. Trad. J. C. Gómez. Madrid: Debate), plantea que en el entendimiento hay procesos que nos separan de los animales y la forma cómo estos aprenden, y tales procesos es lo que Köhler ha denominado discernimiento. La capacidad de discernir es simplemente un proceso mental que realizamos gracias a la racionalidad y al uso del lenguaje. El análisis para el discernimiento es un proceso de seres inteligentes en grados muy superiores, ya que no todos los animales inteligentes, llegan al discernimiento.
Cuando se leen apartados de la obra de Russell, de Wittgenstein y de autores como Austin y Searle se pueden identificar similitudes entre lo que estos autores plantean en sus estudios del lenguaje y los empiristas ingleses; especialmente, con Locke y Hume. Asimismo, el parecido está presente en la obra del mismo Kant (tal vez porque que los modernos ingleses también plantearon relaciones entre racionalidad y lenguaje). Así pues, los aportes realizados por Platón, Locke, Hume, Kant y Russell, entre otros, en los cuales se evidencian la relación lenguaje-racionalidad son insumo para sus teorías del conocimiento. Algunos pensadores como Platón, Locke y Russell dedican esfuerzos y no escatiman en ellos al trabajar el tema; pues dedican parte de su obra a develar el lenguaje, su uso, y su relación con el conocimiento; otros, como Hume y Kant, si bien no centran su atención de manera explícita en el lenguaje, si lo vinculan en sus teorías y los enuncian implícitamente relacionándolos con la racionalidad y el conocimiento. Por ello, el proceso de conocer, las proposiciones, las experiencias expresadas, los conceptos creados, los juicios emitidos y las creencias se convierten en partículas de sus análisis para asumir sus posturas epistemológicas; las cuales constituyen un marco en el cual se puede entender el uso del lenguaje y el papel de este en la comunicación y en la ciencia, así como en el comportamiento humano y como medio para expresar y dar a conocer los estados mentales de quienes lo usamos.
No obstante, al revisar la filosofía anterior a Russell se puede afirmar que este pensador no es el único que concibe al lenguaje en sus estudios como biela en la constitución conocimiento. Basta con dar una mirada a los escritos de Platón y de algunos de los autores de la Modernidad para comprender que el tema del leguaje ha sido objeto de estudio de la filosofía en relación con la preocupación por el conocimiento.
En la filosofía de Austin no se apuesta por el análisis del nombre —por el que tanto habían indagado los autores anteriores— sino por el verbo, por el tipo de palabra que demarca la acción. Se acentúa, entonces, el giro lingüístico, con el cual los actos perlocucionarios son el foco de atención. La pragmática permite ver que el uso del lenguaje —gracias a los procesos lógico-racionales que empleamos en los procesos de comunicación exitosos— permite un análisis entre los interlocutores y los referentes; tal vez allí se pueda ver la relación de la racionalidad y el lenguaje, y el hilo endeble que se entreteje entre uno y otro. La razón ahora está simplemente sometida al uso del lenguaje. Todo interlocutor requiere ser racional y es racional en la medida en que use correctamente el lenguaje, es racional en la medida en que haga cosas con palabras.
En su texto How to Make Our Ideas Clear Peirce lleva el estudio del lenguaje a la acción misma, pues el concepto termina por ser definible en términos de los efectos experimentables del mismo. De tal forma, nos comportamos según lo que el concepto nos evoque y logramos acceder a su significado, por la lógica. Así, la lógica termina por ser la herramienta que aclare las palabras según la familiaridad que tengamos con el uso de las mismas, aun cuando estas se presentan como concepciones oscuras e indistinguibles. La crítica a la concepción cartesiana de las ideas claras e indistintas de las oscuras, lo llevan a proponer su máxima pragmatista, en la cual el tercer grado de claridad permite el acercamiento a los significados de los conceptos analizados, entre los cuales expone el concepto de “realidad”. Su serie de ensayos publicados en Journal Popular Science Monthly entre los cuales están La fijación de la creencia (1877), ¿Cómo aclarar nuestras ideas? (1878) y La doctrina de las posibilidades (1878), entre otros., permiten entrever la relación que este autor plantea entre lenguaje y lógica, considerando a la segunda como una capacidad natural del ser humano; ello en aras de plantear un método para su análisis: el pragmatismo.
El estudio de la dimensión ilocucionaria en el lenguaje nos lleva al margen de los significados y su uso. Por ello, se puede decir que Austin y Searle continúan y avanzan en los planteamientos expuestos por Peirce seis décadas atrás, ya que se mueve al marco de las consecuencias que sobrevienen a la emisión de un acto perlocucionario. El uso de la lógica ahora pasa al análisis de las proposiciones realizativas, supera el análisis de la estructura misma de la oración y pasa a los límites de la acción realizada con la emisión del acto.
Hacer cosas con palabras nos propone una búsqueda de sentido en el acto mismo, en la acción realizada. Propone, además, dejar de lado la búsqueda de la verdad o falsedad para pasar a analizar lo afortunado o desafortunado que pueda llegar a ser el acto mismo. Aquí el uso del lenguaje y la convencionalización del mismo son elementos medulares para que un acto lingüístico sea afortunado.
En la teoría searleana el lenguaje es condición esencial para develar lo que hay en el pensamiento humano y, por supuesto, es el elemento crucial a la hora de hablar de racionalidad, aun cuando para este filósofo no pueda decirse que el lenguaje sea lo mismo que la razón, ni mucho menos que el lenguaje sea el pensamiento como lo plantearon Sellars o Ryle o, como lo aseveró Wittgenstein en su Tractatus. Sin lenguaje no sería posible tener pensamientos. Asimismo, sin lenguaje no sería posible el desarrollo de la racionalidad. Sin lenguaje no sería posible dar las razones para actuar (Searle, 2015).
Para Searle, “la intencionalidad convencional de las palabras y enunciados de un lenguaje puede ser usado por un hablante para realizar un acto de habla” (Searle, 1998, 141).
“Estos tipos de actos de habla fueron bautizados así por el filósofo inglés J.L. Austin como‘Actos ilocucionarios’. Los actos ilocucionarios son la mínima unidad completa de la comunicación lingüística humana” (Searle, 1998, 136).
Con su análisis del lenguaje este filósofo del siglo XX a su vez inicia un análisis de la realidad social, la cual, como lo postulará en 1995, es creada por el lenguaje que hace posible las Instituciones sociales. Su investigación está centrada en la significatividad de las expresiones que usamos a diario, específicamente de las expresiones llamadas actos ilocucionarios. Significatividad que se puede analizar en la relación lenguaje-mundo. Por tal razón, el autor propone en Actos de habla un estudio de la filosofía del lenguaje que termina por llevarlo al análisis de las descripciones sobre el mundo, las cuales acaban por ser, como él mismo lo expone “[...] Descripciones filosóficamente iluminadoras de ciertos rasgos generales del lenguaje, como la referencia, la verdad, el significado y la necesidad […]” (Searle, 1969, p. 4).
Para Searle, el Background está en relación con lo natural y lo cultural, es lo que permite asumir uno u otro significado en el uso de un mismo término en las diferentes oraciones. Toda una carga de informaciones que derivan de la cultura permiten al hablante comprender los enunciados proferidos, y eso es algo que no logra la razón por sí sola si no hay un uso del lenguaje.
En la actualidad, algunos pensadores continúan trabajando sobre dicha teoría. Pensadores de la corriente neoanalítica como Siegler (1966), por ejemplo, han explorado los actos promisorios; sus análisis giran en torno a las promesas, e inician la discusión sobre la posibilidad de que un acto promisorio conlleve al engaño, ya que el hablante puede ser consciente de que en su emisión hay un contenido falso, lo cual lo lleva a prometer mentiras. Es decir, los estudios continúan en torno al análisis del lenguaje y de la mente. Esta reciente rama, que algunos han denominado neoanalítica, expone que cuando X cree que P, y, además, sabe que P es falso, pero aun así realiza la emisión de P, X termina por realizar un acto de habla asertivo que para el oyente termina por ser un engaño. Una discusión actual que sigue centrada, como lo planteó Searle en el hablante. Por su parte, en la misma discusión, autores como Leonard, Falkenberg y Meibaur niegan tal posibilidad, y exponen que, tal y como lo habían planteado Austin (1962) y Searle (1969), hacer una promesa sin tener las intención de cumplirla, puede llegar a ser engañoso, más no una mentira, ya que el hablante sabe qué está afirmando algo que no cumplirá, lo cual no constituye un engaño, pues en la promesa, en el acto mismo de prometer también se afirma algo verdadero, es decir, que es verdad que está prometiendo algo. Por ello, las características del acto de habla son fundamentales, pues como bien lo planteó Searle, una de las condiciones del acto de habla promisorio es la sinceridad, si el acto es insincero, ya es un acto infortunado.
En los inicios de los planteamientos de Speech Acts, Searle expone cómo el lenguaje es un fenómeno social creado por las reglas constitutivas y regulado por las regulativas; en esta misma línea, Searle (2015), habla de la ontología de la realidad social, en la cual expone que dicha realidad, hace parte de un solo mundo, pues no se trata de hablar de la existencia de uno, dos o más mundos; y que en este mundo todo está constituido por hechos brutos; por lo cual, la ontología de la realidad social está constituida por la naturaleza humana, por los estados mentales, que no son más que, como ya se ha expuesto en el capítulo anterior, un emerger de los procesos neurofisiológicos; es decir, que el lenguaje también termina por ser un elemento natural que está supeditado a la biología que poseemos los seres humanos. En las obras anteriores ya había dado algunas puntadas para mostrar que el lenguaje es un fenómeno natural y social, como lo es la intencionalidad colectiva; ambos están en la mente humana, gracias a los procesos de micronivel realizados por el cerebro
El tema de las reglas constitutivas y regulativas, así como el de las instituciones sociales será ampliado en la siguiente parte de este capítulo.
En relación con el problema sobre el mentir, que planteó Siegler (1966), el autor expone que “[…] Los animales pueden engañar, pero no pueden mentir. La habilidad de mentir es una consecuencia de la más profunda habilidad humana para asumir cierto tipo de compromisos, y dichos compromisos son casos en los que el animal humano impone intencionalmente condiciones de satisfacción sobre las condiciones de satisfacción” (Searle, Rationality in Action, 17). Con lo cual se remite de nuevo a la relación mente-lenguaje-mundo, en la cual las condiciones de satisfacción son dadas en el acto lingüístico mismo (condiciones como la sinceridad). Así, mentir y engañar se diferencian porque el primero está cargado de intencionalidad, mientras que en el segundo esta no es evidente. No lo es, dado que no se requiere lenguaje para serlo; por el contrario, mentir sí requiere de emisiones proposicionales. Por ello, mentir requiere de procesos de alto desarrollo racional, mientras que el engaño no exige de procesos avanzados en la racionalidad; no exige de un contenido verbal cargado intencionalmente.
Las proposiciones en negrita y cursiva son literales del autor. Lo que está en paréntesis es parafraseo propio de la obra del autor.
Estas son las siglas originales de la fórmula propuesta por Searle, las cuales significan: (Acción) = intención previa→ (intención-la- acción→ movimiento corporal).
Se puede inferir, entonces, que en la teoría Searleana la volición es la que permite la realización de una acción, siempre y cuando se cumplan ciertas condiciones de satisfacción, las que a su vez se realizan de acuerdo a la dirección de ajuste. Para Searle “En el caso de la volición, la dirección de ajuste de los estados causalmente autoreferenciales siempre es mundo-a-mente, y la dirección de causación, mente-a-mundo” (Searle, 2001, p. 62). Es decir, que para el caso de la volición la dirección de ajuste es opuesta a la dirección de causación. Razón por la cual, el autor para justificar el modo cómo opera los estados mentales a la hora de realizar una acción y develar las razones por las cuales se realiza la misma recurre a la explicación de intención previa y la intención-en-la-acción como causas de la acción realizada. Es decir, en su crítica no acepta la razón trascendental que se impone y causa la acción, tampoco acepta la teoría racional que plantea a los deseos como causa de la acción, sino que expone que la causa de una acción está desde la forma más básica de la intencionalidad: la intención.