Vicente Raga Rosaleny, escepticismo y modernidad: una relectura del pensar escéptico en Michel de Montaigne

  • Salomón Verhelst Montenegro Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, Colombia.

Resumen

 Se presenta la obra de Vicente Raga Rosaleny sobre el escepticismo de Montaigne. Con el fin de resaltar la importancia de esta investigación, para el público hispanohablante, se hace una breve relación de los apartados acerca de Montaigne en algunas historias de la filosofía al uso, los cuales se caracterizan por su exigüidad y la reiteración de lugares comunes, sin ningún espíritu crítico; y, también, se muestra la suerte de los Ensayos en español, los cuales han estado signados por la censura. Es en este escenario: de ausencias, lugares comunes y de tenue recepción y censura, que se debe valorar y acoger con la mayor fruición esta publicación.

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Biografía del Autor

Salomón Verhelst Montenegro, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, Colombia.

Profesor en la Universidad Nacional de Colombia. Filósofo por la Pontificia Universidad Javeriana. Magister por la Universidad Nacional de Colombia. Su área de investigación es Filosofía Jurídica y Política.

E-mail: salomon.verhelst@gmail.com

Citas

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Publicado
2018-03-02
Como citar
VERHELST MONTENEGRO, Salomón. Vicente Raga Rosaleny, escepticismo y modernidad: una relectura del pensar escéptico en Michel de Montaigne. Praxis Filosófica, [S.l.], n. 45, p. 287-294, mar. 2018. ISSN 2389-9387. Disponible en: <http://praxis.univalle.edu.co/index.php/praxis/article/view/6251>. Fecha de acceso: 16 feb. 2019 doi: https://doi.org/10.25100/pfilosofica.v0i45.6251.

En 1941, Julián Marías, en su primera obra: Historia de la filosofía, dijo:

El Renacimiento francés tiene una tendencia marcadamente escéptica. Así, Michel de Montaigne, autor de los Essais, más notables por su agudeza e ingenio literario que por la hondura filosófica. La crítica de Montaigne, burlona y penetrante, aunque ligera, tuvo gran influencia, que se mantuvo hasta la Ilustración. El escéptico más extremado es Charron (Marías,1980, p. 185) 1.

Esta opinión es sintomática de la valoración sobre Montaigne. Es asombroso que un autor tan relevante para entender el origen del pensamiento moderno, tenga menciones tan exiguas en las historias de la filosofía y por lo general reiterativas de lugares comunes: todos lo reconocen como un escéptico (pirrónico) o, por lo menos, como un escéptico ocasional, y algunos sólo parecen mencionarlo en la medida en que anticipa borrosamente la aparición de Renato Descartes, otros ni si quiera lo mencionan.

Quizá, desde que Pascal sentenció que aquél era un “pirrónico puro” (Desmonlests, 1728, p. 247), se asentó esta interpretación sobre el pensamiento del montano. En 1760 Formey en su Histoire abrégée de la philosophie, lo coloca dentro de la secta de los escépticos modernos y lo considera un pirrónico: “Es uno de los escritores más ingeniosos, seductores y, por esa razón, de los más peligrosos en lo que respecta al pirronismo. Sus Ensayos son una obra inmortal” (Formey, 1760, p. 246).

Zeferino González (1886) en el tercer tomo, de su Historia de la filosofía lo propone como el principal representante del movimiento escéptico que surge como reacción a los tan variados y encontrados sistemas de la Antigüedad, resucitados y extremados en el Renacimiento; para él:

Sus famosos Ensayos, cuya divisa o lema es el ¿qué se yo?, entrañan un sentido esencialmente escéptico. So pretexto de rechazar todos los sistemas para dirigirse por la razón sola en la investigación de la verdad, Montaigne socava las bases de toda certeza y de toda ciencia, y, no contento con esto, suele inclinarse del lado de los sentidos, o, digamos mejor, del sensualismo, cuando la razón y las facultades sensibles aparecen en lucha. De aquí es que el escepticismo del autor de los Ensayos merece con bastante fundamento la denominación de escepticismo sensualista, escepticismo que entraña a la vez la duda en el terreno filosófico y el germen del indiferentismo en el terreno moral (pp. 149-151).

No muy lejos de esta opinión está Roger Vernaeux (1977), Copleston (1994) y Ludovico Geymonat (1985), por mencionar algunas de las historias de la filosofía al uso. Para el primero, la filosofía moderna empieza con el renacimiento de algunas ideas, doctrinas y tendencias, bastante confusas y contradictorias, que tienen en común ser una reacción contra la escolástica y la Iglesia. Montaigne es el representante del renacimiento de las ideas escépticas en Francia y de algún modo anticipa el gran sistema racional cartesiano (Vernaeux, 1977, pp. 11-12). El segundo, por su parte, lo considera representante del renacimiento de un escepticismo “culto y humanista” pirrónico (Copleston, 1994, pp. 28-222 Vol. III)2. Montaigne, según Copleston, renovó todos los argumentos en favor del escepticismo y sostuvo un conservadurismo práctico en todo fiel al espíritu del pirronismo. En el tomo IV hará una exposición un poco más detallada del escepticismo de raigambre montaniana, con el fin de explicar la búsqueda cartesiana de la certeza. El tercero, lo vincula con el primer Renacimiento, a pesar de vivir a mediados del siglo XVI; para él es, principalmente, un filósofo moral, influenciado por el estoicismo y el epicureísmo, y que hace gala de un “refinado escepticismo literario” (p. 40), en el cual la duda es la expresión máxima de la sabiduría y la garantía de la libertad; su importancia radica en dejar a la filosofía posterior “una preciosa herencia”: la conciencia de la duda, la cual Descartes examinará y resolverá de una nueva manera.

Un poco más crítica es la presentación que hacen Abbagnano (1994) y Høffding (1907), sin dejar de ser bastante menudas. El primero, probablemente siguiendo a Villey (1908), enuncia tres posiciones filosóficas del montano, a saber, una primera, estoica; una, escéptica de transición; y, por último, una posición socrática, en la cual su pensamiento hallaría equilibrio. El autor hará énfasis en el carácter subjetivo del pensamiento de Montaigne y en su pintura del yo, aspectos que abrirán el camino a pensadores como Descartes y Pascal. Para el segundo, opinión que comparte con Dilthey (1891)3, el escepticismo de Montaigne no es más que un medio para preparar la creencia en la Naturaleza, noción que en Montaigne se expresa en un tono “antiguo y severo; pero en él esta noción traspasa la forma limitada que adopta en los pensadores griegos, puesto que, por su relación estrecha con la noción de individualidad, se extiende hasta lo infinito” (Copleston, 1994, p. 38).

Otros, como Daniel Herrera (1985), Châtelet (1976) o Durant (1978) ni siquiera le dedican un apartado. Esta representación tan pobre de Montaigne en algunas historias de la filosofía, se refuerza con el exilio de su obra de las letras en español, producto de la censura. Si bien hubo algún interés en el Renacimiento español (Cfr. Marichal, 1953 y Aranzueque, 2011) en la obra del bordolés, la condena inquisitorial, primero (Cfr. López Fanego, 1986), y, luego, en España en pleno siglo XX, la censura de la dictadura (Cfr. Durán Luzio, 1997), signarían la suerte de los Ensayos en castellano. De tal manera que sólo hasta 1898 Constantino Román y Salamero hará la primera traducción completa de éstos, luego se harán algunas traducciones parciales. Habría que esperar casi cincuenta años para volver a salir a la luz pública una traducción completa, ésta fue la de Juan G. de Luaces, Barcelona 1947; le siguió la de Enrique Azcoaga, de 1971; la de María Dolores Picazo y Almudena Montojo, en 1985; la de Jordi Bayod Brau, en el 2007 y, por último, la de Javier Yagüe Bosch, en 2014.

Es en este escenario que el Profesor Vicente Raga (2016), con auspicio de la Universidad de Antioquia, publica su libro: Escepticismo y modernidad: una relectura del pensar escéptico en Michel de Montaigne, para el público colombiano en particular e hispanohablante en general, con el generoso fin de suplir el vacío que existe de estudios sobre el escepticismo de Montaigne en español.

Entre las múltiples virtudes que tiene esta obra, queremos destacar una: su Justicia. Primero, restituye al español, su lugar de verdadera lengua de expresión filosófica: es ante todo una obra inteligible, escrita para ser entendida por cualquier lector, con un estilo académico austero y limpio, alejado de esa sonoridad de bronce de nuestra lengua. Parece que el autor hubiese seguido a pie juntillas aquel precepto de Jean de La Bruyère, según el cual: “Todo autor, para escribir con claridad, debe ponerse en el lugar de sus lectores, examinar su propia obra como algo que le fuera extraño, como algo que lee por primera vez, como si le resultara ajeno y se lo enviara otro autor para someterlo a juicio; y persuadirse después de que se le comprende, no porque él se entiende a sí mismo, sino porque en verdad es inteligible” (La Bruyère, 1701, p. 118). Segundo, restituye a Montaigne como pensador de primera línea, sin el cual serían incomprensibles desarrollos filosóficos posteriores, como el de Descartes (véase la introducción). Tercero, restituye el papel del escepticismo en la constitución de la Modernidad, estableciendo un diálogo fecundo entre el escepticismo de la antigüedad tardía y la Modernidad temprana (véase capítulo 2). Cuarto, restituye el debate sobre el escepticismo de Montaigne; éste quizá sea uno de los aportes más relevantes del libro, pues el autor muestra un panorama bastante amplio y novedoso, que pone en cuestión el lugar común de un Montaigne escéptico pirrónico (véase capítulo 3). Quinto, concilia el proyecto de la pintura del yo con una postura escéptica cabal (véase capítulo 4).

Ahora bien, más allá de su justicia, es necesario realizar, también, un balance crítico de esta obra: hace falta incluir algunos comentarios sobre los alcances y límites del texto del profesor Raga. Así, en primer lugar, cabe señalar que, a diferencia de lo que sucede en el caso de la bien conocida obra de Hugo Friedrich (1949) o, en otro sentido, la de Starobinski (1982), no nos encontramos aquí ante un texto de conjunto, que logre combinar la precisión y síntesis, con una mirada sinóptica sobre el pensamiento de Montaigne. Ése hubiera sido un gran logro, aunque no fue el objetivo del autor, evidentemente; sin embrago, dado el tiempo que ha pasado desde que se compusieron los ensayos generales mencionados, hubiera sido deseable que, al menos en un primer momento, el autor nos hubiera brindado esa mirada panorámica, y darle así mayor alcance a su texto.

En segundo lugar, hay que dejar en claro que la obra del profesor Raga se centra en el escepticismo, empero va más allá de las interpretaciones ya clásicas de la skepsis montaniana, que giraban en torno al carácter pirrónico puro o neopirrónico de su propuesta (en el famoso debate entre Conche (1994) y Dumont (1985)); y, también, de aquellas más recientes que lo vinculan con el escepticismo académico, como por ejemplo la de Maia Neto (2013). Y si bien tiene en cuenta la bibliografía más reciente, con referencias a los últimos y relevantes estudios de Brahami (1997), Eva (2007), Giocanti (2001) o Paganini (2008), entre otros, el autor no se deja atrapar ni por las lecturas rupturistas, que abogan por una completa novedad en el escepticismo de Montaigne, al hilo de sus vínculos con el cristianismo; ni por los que defienden la más estricta continuidad, al mostrar que Montaigne pudo ser escéptico innovando dentro de la tradición, sin romper plenamente con ella, ni reiterándola como un mero difusor carente de originalidad.

En tercer lugar, creemos que pudo haber trabajado con más detalle algunos de los otros aspectos tratados en su libro, como la relación y la diferencia de la propuesta escéptica del Señor de Montaña con el escepticismo metódico cartesiano. Esa relación con Descartes, que atraviesa transversalmente el texto que reseñamos ha sido estudiada con más rigor recientemente por Sève (2007), que entiende por ejemplo a Montaigne como un antecesor de las propuestas de la “moral definitiva” de la generosidad cartesiana; y quien va mucho más allá del estudio de las deudas textuales que Descartes tiene con Montaigne, cuidadosamente establecidas ya a principios del siglo XX, al menos por lo que respecta al Discurso del método, en la magnífica edición de esta obra llevada a cabo por Gilson (1987), o de las referencias a los lazos conceptuales y de influencia intelectual que sugiriese Brunschvicg (1945). La obra de Sève, entre otras, muestra un camino que el texto del profesor Raga pudo haber aprovechado de manera conveniente y complementaria con sus objetivos centrales.

Por último, cabría señalar como un límite mayor de este opúsculo, la falta de una más clara perspectiva crítica interna, esto es, de un cierto distanciamiento para con el propio autor estudiado. Así, pudo haberse ahondado en un aspecto muy interesante, aunque poco complaciente con Montaigne, a saber, su casi nulo interés respecto de la Revolución Científica que se estaba gestando ya en su época. Pues es bien sabido que con la única excepción de una mención a Copérnico, de entre los filósofos naturales que hoy señalaríamos como padres de la Ciencia Nueva, las referencias a la ciencia del bordolés son mínimas y siempre teñidas de una valoración negativa y de una clara desconfianza. Cierto es que Montaigne entiende por “ciencia” un modo especulativo o teorético de filosofar, propio de las dominantes corrientes escolásticas de su tiempo, una ciencia “al modo de los geómetras” (Montaigne, 2007: II, 12, 805), que somete a una implacable crítica en el más escéptico de sus ensayos: la “Apología de Ramón Sibiuda”. Pero el hecho de que ninguno de los autores que habitualmente entendemos como ligados a la Revolución Científica aparezca en las páginas plagadas de citas y referencias eruditas de Montaigne, hubiera debido tenerse en cuenta para ilustrar una dimensión muy relevante del escepticismo del autor francés a la que el profesor Raga no prestó la atención debida. En ese sentido, puede decirse que el texto del profesor Raga presenta una limitación por lo que respecta a los vínculos con el pensamiento posterior. De hecho, hubiera sido deseable no sólo tener en cuenta la ausencia de referencias a los filósofos naturales y científicos de su tiempo en la obra de Montaigne, sino también apuntar al continuador del escepticismo montaniano, su discípulo Charron, así como, entre otros, su más decidido adversario en una generación posterior y uno de los responsables más directos de la lectura de Montaigne como “puro pirrónico”, el pensador y matemático Blaise Pascal. Incluso hubiera sido interesante incluir un apéndice en el texto en el que se atendiese, siquiera sucintamente, al modo en que el pensamiento actual ha recuperado actitudes y posiciones escépticas que, quizá, podrían encontrar su antecesor en nuestro autor (el cuestionamiento de la noción de identidad fuerte, las propuestas cercanas al relativismo moral y cultural, la ironía y solidaridad rortianas, por ejemplo). En suma, al trabajo del profesor Raga podría faltarle mayor perspectiva o una mirada hacia lo que siguió después de Montaigne.

Todo esto, sin embargo, y lo decimos con énfasis, no empaña la positiva valoración de un trabajo poco usual en nuestra lengua, en la que apenas se han publicado escritos sobre Montaigne, probablemente por influencia de la larga censura que sufrió la obra del francés y de la que dimos cuenta en la primera parte de nuestra reseña. Eso y el hecho de que el autor, como buen filósofo escéptico, exponga los argumentos a favor y en contra de cada una de las interpretaciones que toma en cuenta, y con elegancia y mesura derrumbe los prejuicios consumados en torno al escepticismo de Montaigne, nos permiten augurar una favorable acogida para esta obra, que bien denominamos justa.

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Montaigne es referenciado dos veces en el tomo III, que se expone supra y tres en el IV: una en relación con Descartes, páginas 28-29; otra, en relación con Pascal, página161; y por último, en relación con Malebranche, página 178.
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